El estímulo de las reformas

Merkel ha anunciado que no es suficiente la austeridad y que uno de los objetivos de la próxima cumbre de la Unión Europea de junio será el de diseñar y ejecutar una agenda del crecimiento para Europa. De inmediato, políticos como Hollande o Rubalcaba se han apresurado a sacar pecho y esgrimir sus conocidas recetas para el crecimiento: más gasto público, más déficit y más sector público. Parece que la austeridad provoca en los políticos y correligionarios más intervencionistas algo así como un síndrome de abstinencia que agota pronto su paciencia. Y todo ello teniendo en cuenta que la llamada austeridad que nos ha impuesto Merkel no ha supuesto más que ralentizar el crecimiento del gasto y déficit públicos, porque –con toda la deuda que ya existe– los Gobiernos continúan gastando más de lo que ingresan, acumulando más y más deuda. Aun así, se incrementan las presiones para que se abra la veda a una nueva tanda de políticas, dicen, de crecimiento, es decir, de estímulo de la demanda agregada, del consumo.

Esto de que el consumo sea lo más importante es una idea de rancio abolengo que, tras economistas como Mandeville o Malthus, la profesión se había encargado de desmontar. No obstante, con Keynes estas teorías revivieron y fueron abrazadas por los economistas y políticos intervencionistas como maná caído del cielo. De acuerdo con las teorías del subconsumo, es la insuficiencia del consumo la causa de que las empresas no consigan vender y quiebren, provocando la crisis y el desempleo. La única solución sería fomentar el consumo para revertir esa tendencia. Se cimenta, así, el camino para que el Gobierno tome las riendas, acuda cual salvador al rescate del ciudadano y justifique su existencia porque cuida de sus súbditos.

Sin embargo, en el ámbito político, no se habla lo suficiente de la carga que están suponiendo los Gobiernos precisamente por este tipo de políticas keynesianas y de estímulo del consumo, tan bien seguidas en Grecia tanto en la época de auge como de recesión. Déficit abultados que quitan la financiación al sector privado, subidas de impuestos que elevan la carga que soportan los contribuyentes, y entramados de regulaciones, servicios públicos e infraestructuras de pésima calidad y tremendamente costosos de producir, que volatilizan ingentes cantidades de riqueza y que podrían producirse mucho más eficientemente por el sector privado.

Por otra parte, las voces socialistas que claman por políticas de estímulo del consumo no contemplan que, económicamente, para consumir es necesario, previamente, producir y vender bienes o servicios, y a cambio de estos se obtiene el dinero con el que adquirir los productos que demandemos. Y para producir debemos invertir –en trabajadores, en horas de formación, en bienes intermedios, etcétera– y esto sólo se consigue si previamente hemos ahorrado.

Y es el ahorro, la inversión y la producción lo que se ha ido olvidando desde que se iniciara la crisis. A través de subidas de impuestos se ha penalizado el ahorro y con las reducciones moderadas del gasto público se ha minorado el crecimiento del Estado pero no su peso, cuando lo que necesitamos es que este se aparte y deje pasar a la economía para que resuelva sus problemas y crezca de nuevo, como siempre hace si no se la estrangula. ¿Cómo? A través de reformas estructurales que dinamicen el sector productivo de Europa. Cierto que en España se han iniciado algunas reformas, como la laboral, que han ido por el buen camino, pero son insuficientes y se necesitan más para reestructurar el marco jurídico que permita un rápido saneamiento del sector privado y garantice su recuperación sin impedimentos.

Una reforma de la Administración General del Estado es necesaria, pero sólo es útil para acabar con el despilfarro público, no para hacer que la economía sea verdaderamente competitiva. Para ello es necesario liberalizar el sector energético, urbanístico, financiero, infraestructuras, etcétera, que abarate los recursos y nos haga más competitivos, así como fomentar que los servicios públicos entren en competencia con quien privadamente quiera ofrecerlos y pagarlos. Son este tipo de reformas las necesarias para dinamizar la economía, dejar que los recursos –incluido el trabajo– e infraestructuras ruinosas se reubiquen a lo largo de la estructura productiva y vuelvan a contar en los nuevos planes empresariales que satisfagan la demanda presente y futura.

Son, por tanto, las reformas estructurales y la liberalización económica la estrategia que deberían seguir los políticos europeos. Una agenda del crecimiento digna de tal nombre debería consistir en disminuir los problemas que nos causan los Gobiernos con sus ineficiencias y déficit, y dejar más espacio al sector privado del que deriva toda la riqueza de la sociedad, que siempre ha crecido allí donde ha brillado la libertad.

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Archivado bajo Artículos en La Gaceta, Economía

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