Archivo mensual: julio 2012

El valor de los factores productivos y la empresa

La teoría económica nos dice que la remuneración de un factor productivo depende del valor presente de su productividad marginal. Cuando el precio del factor productivo esté por debajo del valor con el que contribuye a la producción –es decir, cuando esté infravalorado- se demandará más, de modo que su precio se elevará y tenderá a alcanzar el valor que aporte. Y al contrario, si el precio es superior, no compensará económicamente pagar ese precio por lo que este tenderá a reducirse debido a su menor demanda.

Sin embargo, siendo esta una ley económica de plena vigencia, en la realidad calcular el valor presente de la producción marginal de un factor productivo no es algo tan sencillo. Se da entonces lo que se conoce como el problema de la imputación del valor de los factores productivos.

Esto es debido en parte a la idea desarrollada por Menger, Hayek o Lachmann según la cual la economía, la estructura productiva y los procesos de producción se caracterizan por ser actividades conjuntas, en las que varios bienes de capital se combinan de modo que se convierten en bienes productivos. Dicho de otro modo, estos bienes por separado no serían productivos y es su combinación, la producción conjunta, lo que los hace productivos individualmente considerados. Es entonces, como hemos dicho, cuando deviene la dificultad de calcular esa productividad, la contribución de manera individual de cada input al valor del producto que ayudan a producir.

Es ante este problema de imputación donde la teoría económica ve una de las razones de existir de esa institución espontánea surgida solamente en la economía de mercado que es la empresa. Pero no toda teoría económica recoge esta idea, puesto que si acudimos a las versiones más naive de la teoría neoclásica de la competencia, la empresa como organización no tendría sentido ni se explicaría su existencia.

De acuerdo con ese modelo neoclásico, los factores productivos son combinados indistintamente en lo que se conoce como la función de producción. Esta teoría se basa en considerar los inputs como bienes perfectamente divisibles, homogéneos y en los que su distinta combinación no afectaría al valor del producto final obtenido. En tal mundo, se conocería perfectamente el valor de la productividad marginal de cada bien de capital, de manera que se combinarían siempre eficientemente a través de procesos productivos estandarizados, en donde todo estaría previsto y conocido. Es este mundo en el que no habría lugar para la empresa porque no habría razón para su existencia. La cooperación de cada factor productivo podría realizarse a través de contratos en los que se estableciera perfectamente la remuneración de cada uno de los activos contratados.

Es dentro de este contexto teórico neoclásico en el que Coase trató de explicar la existencia de la empresa, fijándose en los problemas a la hora de establecer estos contratos, es decir, en los costes de contratación e intercambio o, en su terminología, en los costes de transacción.

Y es que para explicar la existencia de la empresa debemos abandonar el rígido mundo neoclásico de información completa, y así poder apreciar la empresa como la respuesta a los procesos productivos (con sus combinaciones de bienes de capital) que tiene un irreductible grado de indeterminación o arbitrariedad en la imputación del valor. De hecho, la respuesta de Coase estuvo orientada a tratar de solventar los problemas que surgen por no disponer de una información completa o perfecta.

Después del trabajo de Coase surgió toda una literatura que ha enriquecido la teoría de la empresa y que ha tratado de explicar su existencia dando entrada al problema de valorar los factores productivos en la producción conjunta, así como con la manera en que efectivamente en dicha producción se combinan conjuntamente los bienes de capital.

Así, una parte se ha centrado en explicar la existencia de la empresa por la variedad de problemas organizativos que plantea el no poder aislar a la perfección el valor de cada uno de los inputs, enfatizando conceptos como los costes de administración, la dirección, la negociación o la monitorización –valga la expresión- de las actividades productivas.

Otra línea de investigación se ha enfocado en analizar la empresa teniendo en cuenta la especificidad de los activos. Este punto de vista se centra en los problemas de información asociados al hecho de que la producción conjunta descansa en gran medida en activos que son específicos en su empleo actual. Específicos en el sentido de que el coste de oportunidad de los activos utilizados es muy inferior al valor con el que contribuyen a la producción.

Ambos enfoques sugieren que la empresa es, por tanto, una organización cuyo propósito es hacer frente a los inevitables problemas de información de la producción conjunta.

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Rajoy, todavía está a tiempo, ¡atrévase!

Hace unos días el Bundesbank recomendó a España que se “cobijara bajo el paraguas” del rescate total, no sólo el concedido al sector financiero. De acuerdo con el Banco Central alemán, los mercados acogerían positivamente extender a toda la economía las condiciones macroeconómicas ligadas a tal ayuda. Algo que, con la prima de riesgo disparada y alcanzando cotas nunca vistas, parecería una solución. Sin embargo, España no necesitaría la intervención total si el Gobierno se atreviera a creer en la libertad económica y aplicara una política de reducción inteligente del gasto público y de los impuestos, más la creación de nuevos espacios para la actividad económica, en lugar de vivir agobiado por la deuda como un mal estudiante ante los exámenes.

En parte, se han empezado a hacer las cosas bien con el último plan de ajuste, donde el Ejecutivo se ha decidido a racionalizar algunas partidas de gasto. Pero ni son suficientes ni se han reducido todo lo necesario para poder pagar la deuda, y eso es lo que ven los inversores. El país necesita una gran revisión de las funciones y tamaño del sector público.

Medidas que no deberían pasar por subir los impuestos, una actuación típicamente exigida por la troika como contrapartida a los rescates, que naturalmente se asemejan más a las que exigiría un acreedor al que sólo le interesa cobrar las deudas –aun a costa de liquidar la sociedad– que a las que aplicaría un buen gobernante cuyo objetivo sea devolver lo prestado fomentando la competitividad y permitiendo el saneamiento de las cuentas públicas y privadas. Por el contrario, nada de esto se conseguirá elevando la presión fiscal, que no recaudará lo previsto y además incrementará la incertidumbre para hacer negocios en este país –la fuente de nuestra recuperación–, ahogando a familias y empresas.

Y es que, cuando el país requiere una catarsis total que cambie la mentalidad económica en todos los ámbitos, no es de recibo que la respuesta del Gobierno sea subir impuestos, algo tan original como suicida. No porque no sea necesario reducir el déficit público, sino porque el otro gran problema se encuentra en la economía, que necesita reajustarse, dinamizarse para amortizar la ingente cantidad de deuda acumulada –privada y pública–, algo más duro con impuestos más altos.

Subir los tipos impositivos es fácil, pero las consecuencias son desastrosas e injustas: empobrece a toda la población a golpe de decreto y atrasa su capacidad de sanearse y crecer. Una opción, por tanto, que el Gobierno debería repensar y optar por un verdadero rediseño del sector público que racionalice su estructura, disminuya su tamaño y elimine duplicidades, en lugar de subir impuestos.

En contra están los que claman contra las consecuencias negativas que estos recortes tendrían sobre el PIB, sin darse cuenta de que en este indicador hay una parte productiva y otra, a todas luces, improductiva. Así, los estratosféricos sueldos de los alcaldes, las endeudadas televisiones públicas, las infinitas dádivas políticas, las duplicidades y gastos superfluos, etc., son partidas que contribuyen al PIB, pero de ningún modo son deseables. Es por ello por lo que incluso deberíamos alegrarnos de que el PIB se reduzca al eliminarse todas estas partidas para poder sanear la situación, en lugar de alegrarnos de no caer un punto o dos más a costa de alargar nuestro estado de sufrimiento zombi.

Y si el miedo a la caída del PIB para sanearlo subsiste, no debería olvidar el Gobierno que este indicador podría elevarse no ya fomentando la actividad económica sino simplemente permitiéndola, evitando sobrecargar de impuestos, costes y trabas a las empresas y dejando que exista la actividad económica cuando el vendedor y consumidor quieran reunirse libremente y cerrar una operación. Son, por tanto, las reformas liberalizadoras la herramienta para contrarrestar los posibles efectos negativos sobre el PIB de eliminar los derroches de un Estado sobredimensionado que creció a lomos de la burbuja.

Los críticos arguyen que esta estrategia no puede implementarse, dado que la crisis de deuda no da el tiempo necesario. Pero no nos olvidemos de cómo han respondido las llamadas zonas económicas especiales, territorios donde se ha liberalizado la economía y han experimentado un crecimiento explosivo. Además, los inversores prefieren reformas a medio plazo a otras que nos aboquen al impago. Por otra parte, los propios objetivos de déficit se han relajado tanto, y van a ser tan incumplidos, que al final transcurrirán años hasta que las finanzas públicas se equilibren, un tiempo durante el que se habría podido aplicar una política de Estado que incremente la competitividad de la economía española, reduciendo el gasto público, los impuestos y permitiendo que crezca la economía.

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Una página de “Ver por ti y otros relatos”

Transcribo la lectura que realicé de una página de mi libro “Ver por ti y otros relatos”, en concreto, del relato que da nombre al libro y que es el más emotivo de los cuatro. ¡Espero que os guste y os anime a leer los relatos!

Y en eso, un pequeño conato de rebeldía, o más bien rabia, se encendió en mi interior cuando intentaba enfrentarme, fugazmente, a lo que habría sentido de haberme ocurrido a mí mismo o a algún ser querido. Pero esa leve llama de disconformidad se apagó, y simplemente dio paso a la compasión que aquella mujer sentada en la mecedora había despertado en mí.

– Recuerdo las veces que a punto estuve de perder la cordura, de sucumbir en los abismos de la oscuridad convulsa, de no encontrar descanso a mi pobre alma, así como estaba,  sin escapatoria. Recuerdo pasar las noches… oh que noches Dios mío, agitada, nerviosa, poseída de un lado a otro, desmayándome de manera recurrente, perdiéndome en ningún lugar, yo sola en mi interior, con mi desesperación…

Volvió a tomar aire, hinchando sus pulmones mientras la luz clara iluminaba su gesto ahora afligido e inquieto. Noté que sus ojos se movían con más rapidez, más descontrolados que nunca.

– Nunca estuve más cerca del final absoluto que durante aquella larga temporada de mi vida en la que, postrada e inútil en una cama, sufría sin poder ver lo bonito de este mundo.

La anciana hizo una pausa y acto seguido se recostó sobre el sillón apoyando suavemente la cabeza y dejando reposar sus dedos sobre el borde la mesa, con sencillez. Yo estaba totalmente conmocionado y viviendo, desde otra galaxia, la tristeza y los duros momentos que me estaba narrando. Involuntariamente, no dejaba de observar cada movimiento de sus infatigables ojos que no cesaban en sus idas y venidas, el rostro bondadoso bañado por aquella luz clara que ahora más que nunca hacía aparecer una marca indeleble en su rostro que solo había podido disimular. La marca del sufrimiento.

Podéis adquirir los relatos aquí.

 

 

 

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No nos engañemos

La prima de riesgo bajando, la Bolsa en verde. ¿Estamos salvados? Parecería que los problemas de España o Italia se han resuelto y que los acuerdos alcanzados por Mariano Rajoy y su homólogo italiano han supuesto la ansiada solución a todos nuestros males.

Sin embargo, los acuerdos de la Cumbre europea no son una solución a la crisis de deuda sino un alivio, y además temporal, puesto que no atajan el verdadero problema de fondo que no es otro que el de la credibilidad que ofrecen estos países para devolver las deudas presentes y en las que tendrán que incurrir en el futuro para no quebrar.

Como viene siendo habitual, muchos serán los que achaquen a la austeridad el origen de estos problemas, pues impide el crecimiento con el que pagar la deuda. Sin embargo, si por austeridad se entiende la sobriedad o sencillez en las Administraciones Públicas –es decir, una reducción de su tamaño para ajustarse a la nueva realidad–, el análisis de las cuentas públicas indica que lo que ha habido es, en realidad, una falsa austeridad.

Así, el gasto público se mantiene en niveles superiores a los del último año de la burbuja (en 2011 se aumentó un 4,4% el gasto público respecto a 2007) y no se está logrando reducir el déficit en lo que va de año –pues a fecha de mayo y según las últimas informaciones, ya se está alcanzando el objetivo de déficit anual, y eso sin contar con los datos de las comunidades autónomas y corporaciones locales–. Por otra parte, la subida de impuesto no se compadece con una auténtica austeridad o disminución del tamaño del Estado al igual que ha hecho el sector privado. Aparte de que las subidas de impuestos no sólo son negativas económicamente al ralentizar el crecimiento económico, la recolocación del empleo y provocar un empobrecimiento inmediato de la población, no están proporcionando los recursos esperados con los que contaban las Administraciones Públicas.

Es esto, y no un afán cruel, lo que están penalizando los inversores, no castigando a España sino, simple y llanamente, no prestándonos su dinero que, suponemos, también les habrá costado ganar como a cualquier hijo de vecino, y que no tienen ninguna obligación de prestarnos.

Por tanto, la posibilidad de que los fondos de rescate compren deuda soberana aliviará la crisis de deuda, pero, no nos engañemos, no será sino un paréntesis momentáneo puesto que no tienen una capacidad ilimitada y los problemas reales persistirán a menos que se tomen las medidas adecuadas. Algo imprescindible no sólo para salir del atolladero, sino porque hoy la Eurozona es más débil que ayer, dado que parte de los problemas financieros de los países en dificultades se está trasladando a los países más sanos. Y es que el dinero de los contribuyentes noreuropeos está destinándose cada vez en mayores proporciones a sufragar los desmanes de los Gobiernos del Sur adquiriendo deuda de dudosa calidad.

Y no sólo deuda, puesto que el rescate a la Banca española, que ahora no pasará por el Estado español para no elevar 10 puntos la deuda pública sino que se hará directamente a los bancos rescatados, también supone 100.000 millones de euros añadidos que debilitarán aún más a los contribuyentes europeos. Algo difícil de entender cuando los rescates bancarios –no sólo el español, sino también el chipriota y los que vengan– podrían haberse realizado en el seno de los bancos, es decir, a través de rescates internos o bail-in, consistentes en que los accionistas –cual fuera su nacionalidad– hicieran frente a las pérdidas de su (voluntaria) inversión, y que los acreedores con deudas a más largo plazo o preferentes pasasen a ser los nuevos propietarios. Con este tipo de mecanismo no habría sido necesario imponer a las castigadas espaldas de los contribuyentes europeos 100.000 millones de euros adicionales que, sin duda, debilitarán un poco más la Eurozona y el euro.

Y, aunque la capacidad de aguante de Alemania, Finlandia u Holanda está por ver, el Gobierno no debería perder esta enésima oportunidad para actuar de acuerdo con la gravedad de la situación. Como anteriormente, todo depende de sus decisiones, no de las de otros. Entre otras, una reducción drástica del gasto público, pero no solamente para pagar los desmanes de un Estado sobredimensionado –es decir, los intereses de la deuda– sino para adelgazarlo y bajarlo a una realidad que ya no corre a lomos de una burbuja. Con este tipo de reducciones del gasto público podrían reducirse los impuestos e incrementarse la recaudación a través de la dinamización de la economía. Sin olvidar las urgentes reformas estructurales en el sector energético, inmobiliario, farmacéutico, I+D+i y ciencia, el sector educativo, de telecomunicaciones o la tan ansiada ley de emprendedores. Hoy, como ayer, es el Gobierno el que debe emprender las necesarias reformas. No nos engañemos.

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