Archivo mensual: agosto 2015

¿IVA cultural o cultura de impuestos bajos?

Hace unos días, el Ministro de Economía Luis de Guindos sentenciaba que el Gobierno no va a rebajar el IVA cultural, a pesar de las continuas presiones a lo largo de esta legislatura por parte de las asociaciones e interlocutores del sector del cine o del teatro, o incluso por parte del Partido Popular en estas últimas semanas, que anda elaborando su programa electoral.

Cualquier mecanismo de presión para que el Gobierno baje los impuestos es bienvenido por quien cree que el dinero debería estar en manos de la sociedad civil, que es muy capaz de organizarse para crear los bienes y servicios que necesita, también para nutrirse de películas u obras teatrales. Sin embargo, no todas las presiones se ejercen desde esta bienintencionada óptica liberal, y más que pretender que se bajen los impuestos para todos, lo que buscan son prebendas y privilegios. A nadie se le escapa que los procesos políticos de las democracias occidentales para elaborar las ingentes y crecientes legislaciones que aprueban sus parlamentos se basan y se someten a todo tipo de presiones de los lobbies de los sectores afectados, que buscan tratos de favor. Batallas de intereses creados para hacer uso del Poder y el Presupuesto a beneficio propio con un claro resultado parasitario.

Pedir que se rebaje el IVA de un sector determinado muchas veces representa, esta vez sí, la lucha de clases trasladada a la confección de los presupuestos estatales

Pedir que se rebaje el IVA de un sector determinado muchas veces representa, esta vez sí, la lucha de clases trasladada a la confección de los presupuestos estatales. Una clase determinada y organizada pretende alzarse sobre el resto para tratar de salir beneficiada con impuestos menores puesto que por diversos motivos, normalmente incuestionables, son ellos los que deberían ser mejor tratados por el Estado, pero no aplican el mismo rasero para el resto, que sí deberían sufragar sus privilegios o soportar un mal trato regulatorio mayor, dado que ellos no son… ‘equis’.

Una de las recurrentes excusas del Ejecutivo durante su mandato ha sido el de respaldar sus innumerables subidas fiscales porque eran necesarias para salvar España de la crisis y que, tras su efectiva salvación, se eliminarían. Contra esto los interesados claman, con razón, que el IVA del cine o del teatro no nos ha sacado de la crisis, pero es que tampoco lo han hecho las inmensas cantidades extraídas con los sablazos fiscales generales de este Gobierno (117.714 millones de euros según los datos del propio Gobierno durante su mandato). Ya comentamos en otra columna que, al contrario, hizo más difícil el duro y obligado proceso de desendeudamiento que ha seguido la economía española durante esta Gran Recesión. Y tampoco lo harán las enormes volúmenes de recursos que nos extraerán en los próximos años por las subidas fiscales que aprobaron (69.366 millones de euros en 2016-2017), incluso teniendo en cuenta la tan mencionada reforma fiscal que se supone ha devuelto a los españoles el coactivo esfuerzo añadido que nos ha impuesto Rajoy.

Ante las insistentes preguntas sobre la esperada bajada del IVA cultural, el nuevo Ministro de Cultura se defendió afirmando que este no era el problema de España y que hay asuntos más acuciantes. Obviamente, no es el problema más urgente pero es una parte del problema: el poder destructivo de los impuestos se ejemplifica en este tipo de sectores, al igual que en otros, en donde el coste fiscal ha acabado de dar la puntilla a muchas Pymes y llevar al traste muchos proyectos económicos, vitales e ilusiones.

Desde 2008 hasta 2014, la parte del valor añadido bruto creado por las empresas destinado a pagar el IVA y otros impuestos indirectos se ha incrementado en un impactante 424,1%

Porque el IVA no es sólo un impuesto sobre el consumo, lo es, y mucho, sobre la producción. Su traslado al consumidor por parte de los productores es mucho más difícil en una recesión de balances en la que predomina una inflación muy baja o incluso deflación. Una subida tan brutal como la aplicada por Montoro es casi imposible de trasladar al consumidor, con lo que los márgenes se estrechan o se amplían las pérdidas, que se trasladan a lo largo de la cadena de valor destruyendo empresas, puestos de trabajo, industria y eficiencia en general. El teatro y el cine, especialmente, han sufrido esta circunstancia fiscal y, además, han evidenciado las rigideces propias no sólo de estos sectores sino, en general, de nuestra economía: rigideces a nivel cultural, institucional y regulatorio que impiden el ajuste nominal de los costes y precios para apoyarse sobremanera en destrucción económica a base de quiebras y despidos, al mismo tiempo que deben enfrentarse a la irrupción de las nuevas tecnologías, nuevos modelos de negocio y, también, al tema de la piratería.

Que el IVA sea un gran impuesto sobre el consumo y la producción, y que haya hecho un enorme daño a una variedad de sectores también se manifiesta atendiendo a los datos de la Contabilidad Nacional de España ofrecida por el Instituto Nacional de Estadística. Así, desde 2008 hasta 2014, la parte del valor añadido bruto creado por las empresas destinado a pagar el IVA y otros impuestos indirectos (el rubro “Impuesto sobre producción menos subvenciones”) se ha incrementado en un impactante 424,1% (!). Un incremento más grave si cabe si tenemos en cuenta que el propio valor añadido en dicho periodo ha decrecido casi un 4%, y que la parte de la renta destinada a remunerar a los asalariados también lo ha hecho en un 16,1%.

Por tanto, lo que unos piden para sí y su sector, debería aplicarse para todos, puesto que a todos se daña. Protestar por merecer un IVA inferior al resto por ser…”cultura” (un concepto algo más amplio y rico en matices) es no ver que el error no se basa en maltratar la cultura, sino basarse en un sistema que necesita maltratarnos a todos con impuestos, que deberían rebajarse porque cada uno tiene su propio proyecto vital a desarrollar en cualquier sector.

Y aunque un trato igualitario de las disposiciones fiscales evita distorsiones por no incentivar la producción de uno u otro sector, no debe olvidarse que los impuestos no son soportados efectivamente de la misma manera por los agentes económicos, por lo que los patrones de producción ya se ven distorsionados de múltiples maneras aunque el tipo impositivo del IVA sea igual para todos. Además, contando con que los niveles de este impuesto son desorbitados, una bajada en unos sectores daría posibilidad de reacción a los agentes económicos para poder emprender proyectos empresariales y creación de riqueza en esas industrias menos maltratados fiscalmente.

No debería rechazarse de plano la bajada de tipos a un sector económico, siempre que luego se bajen al resto

Esta idea de que los agentes económicos pudieran realizar maniobras evasivas –como las de un submarino– hacia estos sectores, una idea mencionada reiteradamente por el gran economista francés Jean Baptiste Say en suTratado de Economía Política, no es más que ganar eficiencia por parte del sector privadoexiliándose hacia los lugares menos coaccionados fiscalmente. Lo que ocurre es que esta eficiencia ganada no resuelve la distorsión en la producción creada por la propia existencia de los impuestos, y además, por ser estos muy elevados. Por tanto, no debería rechazarse de plano la bajada de tipos a un sector económico, siempre que luego se bajen al resto, por preferir un tipo único y muy elevado para todos, y más por motivos de estricta eficiencia. El problema ético que surgiría entonces sería por qué empezar por un sector y no otro. Problema que se resuelve bajándolos a todos. Desgraciadamente, Gobierno y algunos lobbies discuten la bajada del IVA cultural, en lugar de compartir la cultura de los impuestos bajos.

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La recuperación: ¿gracias al PP?

Como sabemos, el PP lo fía todo a la economía. Dado que la economía está recuperándose y mejorando sus indicadores, el PP lo ha hecho bien y su política es la acertada. Esa es, al menos, la idea que el Gobierno machaconamente ha repetido, repite y repetirá hasta el día de las urnas. No obstante, si la economía va bien no es por el actual Consejo de Ministros, con su jefe a la cabeza, sino muy a pesar de ellos.

Gracias a un titánico esfuerzo, España es el país que más ha reducido su endeudamiento privado desde 2011 a 2014: un 14% del PIB en el caso de los hogares, y del 30% de reducción de deuda bancaria en el caso de las empresas

El enorme esfuerzo privado español

La Gran Recesión sufrida se ha caracterizado por lo que se denomina una recesión de balances. Los agentes económicos entraron en la crisis con los mayores niveles de deuda, sólo por detrás de Portugal e Irlanda. Pero gracias a un titánico esfuerzo, España es el país que más ha reducido su endeudamiento privado desde 2011 a 2014: un 14% del PIB en el caso de los hogares, y de 30% de reducción de deuda bancaria en el caso de las empresas (sin contar bancos ni deuda interempresarial). Y ello se ha conseguido gracias a que empresas y familias han tenido que incrementar sus niveles de ahorro para poder pagar sus deudas, por supuesto, dejando de invertir y tratando de mantener algo de dinero para capear la creciente incertidumbre.

Además, este fuerte desendeudamiento ha detraído grandes cantidades de dinero de la circulación del sistema económico creándose un entorno de moderada inflación o incluso deflación, lo que ha atornillado todavía más las tuercas a la situación porque ha incrementado el valor real de las deudas. Igualmente, la inversión ha caído fuertemente, lo que explica la contracción económica que, en España, al tener un mercado laboral tan intervenido y una legislación concursal tan deficiente, se ceba en la mortalidad de empresas y en la destrucción de puestos de trabajo. Todo lo cual ha endurecido, más si cabe, la capacidad de las empresas y familias de contar con ingresos con los que honrar las deudas contraídas durante la burbuja.

Es decir, que, a diferencia de otros países que han acometido un esfuerzo de desapalancamiento similar (como el Reino Unido o Irlanda), en España se ha devuelto la deuda no con inflación ni con cierto crecimiento económico (o al menos sin una fuerte contracción), sino a las bravas: devolviendo céntimo a céntimo las deudas en un entorno económico grave, reestructurándolas o con quiebras e impagos (todo ello bajo una de las contracciones crediticias más agudas sufridas en la Eurozona, sólo por detrás de Chipre o Portugal).

Y, ¿qué significa este esfuerzo? ¿Por qué se llevó a cabo? Ante unas deudas sobredimensionadas, lo obligado es hacerlas sostenibles. Es un proceso que no cabe sortear, ni puede mirarse a otro lado. Es la cruda realidad a la que han debido enfrentarse millones de personas. No lo iba a hacer el Gobierno por ellas (realmente ha hecho lo contrario, endeudarse).

Lo que ha hecho el gobierno ha sido poner más obstáculos al ahorro, a la inversión y a la flexibilización de la economía evitando que se recomponga más rápidamente

¿Y qué ha hecho el Gobierno?

Lo que ha hecho el gobierno ha sido poner más obstáculos al ahorro, a la inversión y a la flexibilización de la economía evitando que se recomponga más rápidamente. Es decir, debería haber facilitado el proceso de desendeudamiento en lugar de minarlo con impuestos y más deuda.

De hecho, de acuerdo con los datos que el propio Gobierno aporta periódicamente a Bruselas a través de las actualizaciones que realiza de sus Programas de Estabilidad trianuales (el último para 2015-2018), las subidas fiscales que ha soportado el sector privado durante la legislatura popular (2012-2015) han ascendido a la friolera de 117.714 millones de euros. Casi el equivalente a todo el desendeudamiento que han realizado en las condiciones más adversas las familias desde 2011 a 2014 (!).

Si sólo contamos el dinero de los rejonazos fiscales más directos de Montoro (IRPF, IS, IVA y cotizaciones a la Seguridad Social), el importe asciende a 84.795 millones de euros, lo que supone casi el 20% de todo el desendeudamiento bancario que con sangre, sudor y lágrimas han realizado tanto familias como empresas de 2011 a 2014, según las Cuentas Financieras de la Economía Española.

Y, ¿para qué? ¿Acaso 120 mil millones han sido tan determinantes para un gasto público total durante esos cuatro años de casi 2 billones de euros? Es más que razonable dudar que estas “necesarias” subidas fiscales del PP hayan ayudado a evitar la quiebra de las finanzas públicas de un Gobierno que, por otra parte, sólo ha recortado el gasto en apenas un 0,8% con respecto a la administración Zapatero. Es decir, para que Mario Dragui y el BCE fuese realmente quien evitó la quiebra de las cuentas públicas, ¿hacía falta dificultar, obstaculizar y ralentizar el imprescindible proceso de desendeudamiento de familias y empresas? Esas subidas fiscales cobran mayor importancia si las ubicamos dentro de un necesario proceso de desendeudamiento previo a la recuperación económica. Hubieran venido muy bien a familias y empresas y habrían acortado la lenta agonía recesiva. Sangrar fiscalmente a los agentes económicos en esas circunstancias todavía honra más su esfuerzo.

Mermar la renta disponible de familias y empresas no ayudó a que ahorraran lo necesario para desendeudarse, e imposibilitó que la inversión productiva apareciera antes para poder detener la caída del PIB

Lo que podría parecer sensato desde el punto de vista de un gobernante que accede al poder en plena recesión de balances hubiera sido el de favorecer ese proceso de desapalancamiento para acortarlo en el tiempo en la medida de los posible. ¿Cómo? Favoreciendo el ahorro, la inversión y la flexibilidad de los factores productivos. Mermar la renta disponible de familias y empresas no ayudó a que ahorraran lo necesario para desendeudarse, e imposibilitó que la inversión productiva apareciera antes para poder detener la caída del PIB. Por otra parte, la falta de liberalizaciones (a excepción, en cierto grado, del mercado laboral) no permitió que la estructura productiva se reconvirtiera y que sus variables se reajustaran no por la vía del desempleo o las quiebras, sino por la vía del ajuste nominal de precios y costes. Sobre todo en un país que tiene tanto margen para liberalizar y hacer más rápida su economía. Por el contrario, gracias a la postura poco original adoptada por el Gobierno (no tocar el aparato estatal, socializar pérdidas, subir impuestos y en definitiva, no modificar elstatu quo), todavía estamos esperando el famoso cambio de modelo productivo.

Conclusión

Que el Gobierno lo fie todo a la economía y proclame que ha mejorado gracias a su gestión, es demasiado simplista e injusto. Su política fiscal ha hecho más difícil la travesía por la crisis de millones de personas. De hecho, este razonamiento demagógico utilizado por el PP recuerda al empleado por el monarca absoluto en un pasaje de “El Principito”, de Antoine de Saint-Exupéry: era tan absoluto y universal que era capaz de que el sol le obedeciera cuando le ordenaba que se pusiera, con el pequeño detalle de que sólo daría esa orden cuando anocheciera. Rajoy, con su (ahora) gran sonrisa barbuda y bonachona, parece decirnos cual monarca universal en un patio de colegio: “Mira, la economía va mejor, luego lo he hecho bien… Vótame”.

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