Archivo mensual: septiembre 2015

Sube la recaudación, ¿debemos alegrarnos?

El Secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferre, comparecía en el Senado este miércoles y daba a conocer los datos de recaudación en lo que va de año: los ingresos tributarios en términos homogéneos (corregidos por devoluciones e ingresos fuera de plazo) están acelerándose a un ritmo de un 5,2% hasta agosto y superan el escenario previsto por el Gobierno. No han sido pocas las muestras de satisfacción por parte del Ministerio de Hacienda en los últimos meses ante esta evolución, de la que sacan pecho y por la que se sienten orgullosos.

Y es que estas noticias suelen contemplarse, y sobre todo ofrecerse, como un hecho positivo y beneficioso por sí mismo. Mi opinión, no obstante, es que todos aquellos que recelamos de que nos impongan cómo debemos organizar nuestras vidas y las de nuestros hijos, deberíamos estar enormemente preocupados, pues la mayor recaudación supone no sólo dar cada año más poder a quienes nos gobiernan, sino regalar nuestra muy preciada capacidad de decisión y autonomía.

Somos más pobres moral y materialmente: no podemos decidir directamente sobre cómo usar nuestras propiedades y dejamos de disponer de ellas

Es habitual que los análisis académicos y periodísticos, o los sesudos informes que los gobiernos encargan a expertos para reformar el sistema fiscal, dejen de lado, precisamente, uno de los aspectos más perniciosos de todos: la cantidad total recaudada. De hecho, cuanto más elevada sea ésta, más se intensifican los efectos económicos distorsionadores de la fiscalidad y aquellos que más pauperizan a la población. Que los ingresos tributarios crezcan significa, en primer lugar, que somos más pobres moral y materialmente: no podemos decidir directamente sobre cómo usar nuestras propiedades y dejamos de disponer de ellas. Es decir, se limita nuestra capacidad de actuar, de desarrollarnos personal y socialmente. Disponer de una menor capacidad de decisión nos acostumbra a no tener que tomar, precisamente, decisiones, impidiéndonos aprender de nuestros errores y superarnos. Todo lo ello supone acostumbrarnos a ejercer una menor responsabilidad, lo que repercute, también, en la calidad de nuestras instituciones y valores.

Y, en segundo lugar, se está resumiendo en un sólo dato el hecho de que las relaciones económicas y sociales que entretejen los ciudadanos espontáneamente están siendo distorsionadas cada vez más, año tras año. La modificación de los precios, del valor de los activos, los proyectos económicos que se han esfumado y los empleos productivos –es decir, que directamente dependen de satisfacer al consumidor, no al político– que han dejado de crearse.

Estos anuncios por parte del Ministerio de Hacienda y del Gobierno distraen al contribuyente porque lo sitúa en una posición artificial: la de analizar este resultado, la mayor recaudación, desde el punto de vista del Estado y no desde el punto de vista individual. Esto, en primer lugar, supone asegurarse el apoyo del gobernado. Si recauda más, será mejor, da igual que ellos suponga acrecentar el desequilibrio que pueda haber entre el poder de uno y el del otro, o el grado de concentración de dicho poder en la Administración.

Igualmente, estas noticias de la recaudación agregada distrae al ciudadano de valorarla desde el punto de vista del coste de oportunidad que ha supuesto a nivel individual, aquello a lo que se ha renunciado y que tan bien explicó Frédéric Bastiaten Lo que se ve y lo que no se ve, cuando explica la falacia de la ventana rota: si un niño rompe el cristal de un comercio esto beneficiaría a la sociedad porque obliga al comerciante a comprar otro cristal, lo cual beneficia al cristalero, que con el dinero comprará pan al panadero, beneficiándolo, y éste, a su vez, comprará a un tercero, que se verá beneficiado, etc. La destrucción crearía riqueza. Sin embargo, ¿qué hubiera podido comprar el comerciante si no hubiera tenido que destinar recursos a reponer el cristal? En realidad, de no haberse roto el cristal, la sociedad tendría el cristal más otras cosas.

El Gobierno prevé recaudar unos ingresos tributarios de 193.523 millones de euros en 2016, 18.533 millones de euros más que en 2014

El Gobierno prevé recaudar unos ingresos tributarios de 193.523 millones de euros en 2016, 18.533 millones de euros más que en 2014. ¿Qué se ha dejado de hacer con esta cantidad? Imposible de calcular, pero si tenemos en cuenta que para resolver los innumerables problemas a los que nos enfrentamos es mejor disponer de una variedad de soluciones que compitan en eficacia y satisfacción al consumidor (lo que ofrece la sociedad a través del mercado), y no una única solución rígida, ineficiente e impuesta, que apenas cambia a pesar de que sí cambian las circunstancias de la vida (que es lo que ofrece la Administración y su burocracia), podría afirmarse que estamos renunciando a mucho.

Además, Ferre ha afirmado que el IVA está creciendo al 6% en términos homogéneos. Es decir, que no sólo no vemos, ni siquiera imaginamo, las consecuencias que ese dinero hubiera podido tener en nuestras vidas y proyectos, sino la propia ilusión fiscal que este dato conlleva: el impacto del IVA a nivel personal es más difícil, acaso imposible, de cuantificar, para ello habría que sumar todos los IVA que hemos soportado en nuestras compras diarias, por lo que el contribuyente no percibe realmente lo que paga. No sólo es que en los precios a veces no figure el IVA, esté algo oculto o no lo calculemos para realizar la compra (por ejemplo, por el esfuerzo cognitivo que ello supone) sino que, aunque lo hiciéramos, no sabemos cuánto pagamos al mes en IVA.

Dice el Secretario de Estado que son las Pymes y los autónomos de donde más se está recaudando por IVA, un 11,4% más, y en el caso de estos últimos, también por pagos fraccionados del IRPF (actividades económicas), a los que se está extrayendo la renta un 12,6% más con respecto al año anterior. El sistema vuelve a jugar al despiste, con nuestra tácita aquiescencia: el IVA de un pequeño empresario o profesional no siempre lo paga su cliente o el consumidor final, sino también ellos mismos que no son capaces de trasladar en precios el impuesto, más teniendo en cuenta la inflación baja o deflación que tenemos. Respecto a los pagos fraccionados, qué decir de una obligación que no es sino una financiación gratuita al Estado por parte de los sufrientes autónomos que tan mal lo están pasando estos años.

Socializar el perjuicio de las subidas fiscales supone una pérdida de votos inferior a la de centrar los ajustes en grandes grupos concretos y organizados que dependen directamente del Presupuesto

Ferre ha utilizado también otro de los argumentos a los que, pomposa y mecánicamente, echan mano los políticos cuando anuncian bajadas de impuestos: gracias a la rebaja fiscal [sic] se ha incentivado el crecimiento y la actividad económica, hecho que ha propiciado el incremento de la recaudación. Sin embargo, ¿dónde estaba esa rebaja fiscal cuando España era un páramo económico, un desierto de actividad productiva? La idea de que no se podía reducir los impuestos cuando llegaron al poder porque debían atender a los gastos públicos, no sólo no se tiene en pie por el volumen inmenso e improductivo de gasto público, pues había y hay margen para reducirlo, ni tampoco por la urgencia de disponer de fondos, puesto que fue el BCE quien realmente evitó la quiebra del Estado español en 2012. Quizá la respuesta a esta política económica se encuentre en que socializar el perjuicio de las subidas fiscales supone una pérdida de votos inferior a la de centrar los ajustes en grandes grupos concretos y organizados que dependen directamente del Presupuesto.

Finalmente, nunca está de más citar la lúcida reflexión de Jean Baptiste Colbert, ministro de finanzas del rey de Francia Luis XIV: “recaudar impuestos es el arte de desplumar al ganso sin que el ganso se entere”. Que no nos tomen por gansos.

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La nueva redistribución… de inmigrantes

La crisis de los refugiados ha puesto en evidencia no sólo el drama humano que supone que familias enteras huyan de la guerra y recorran miles de kilómetros en pésimas condiciones, también ha mostrado algunos errores y debilidades a nivel político y social de las sociedades occidentales.

Sentenciaba Rajoy, y otros líderes, con tono campanudo que el problema está en los países de origen y que es ahí donde deberían centrarse los esfuerzos. A mi entender, el problema también se encuentra en los países de destino. La lentitud y torpeza de la Administración también ha sido una nota altisonante en este drama, y ha ido a remolque de la sociedad civil, que de manera dispersa y descentralizada ha ido gestando una respuesta más rápida, especialmente en Alemania y Austria.

¿Qué hay de los que ansían ganarse la vida y huyen de la falta de libertad y la miseria de sus lugares de origen? Ya no son “refugiados”, estos no tienen pancarta de bienvenida

Obviamente, ante el drama de la foto del niño muerto en la playa han sido pocos los políticos que no han querido dejar escapar la oportunidad de ofrecer hasta su casa para los refugiados que, por cierto, ¿no son inmigrantes? ¿Ya no se les llama así? ¿Será para diferenciarlos de los africanos que se encaraman a la valla de Ceuta o Melilla, o mueren a cientos ahogados en las pateras? ¿O es que sólo se admiten a personas que ansían ganarse la vida cuando provienen de una situación de guerra? ¿Qué hay de los que ansían ganarse la vida y huyen de la falta de libertad y la miseria de sus lugares de origen? Ya no son “refugiados”, estos no tienen pancarta de bienvenida.

No es sólo por las guerras, o porque sean pobres, o porque den lástima, por lo que debería dejárseles entrar, y no sólo porque veamos una terrible imagen del niño ahogado en la playa -¿alguien desconoce que estas tragedias ocurran continuamente?-. No debería prohibirse la entrada de inmigrantes porque sencillamente son personas que merecen un trato moral igual que cualquier otra. Existen multitud de problemas que pueden surgir no sólo debido a un flujoconstante de inmigración sino especialmente a un éxodo motivado por una guerra, pero la solución a dichos problemas no pasa por clasificar a los seres humanos como a reses, sino por analizar si estas complejidades tienen más que ver con el propio sistema institucional de los países de destino.

Y ante la complejidad y problemas derivados de la llegada de tanta gente no se gestiona con una política de inmigración decidida por cinco o seis próceres políticos que se intercambian, como cartas, cupos y cuotas de centenares de personas y familias, redistribuyéndolas entre países. La información necesaria para poder realizar esta tarea no está en manos de Merkel, Rajoy o Cameron, ni de sus ejércitos de burócratas. La información valiosa para la integración adecuada de los inmigrantes es la que nace de la relaciones humanas que puedan llegar a existir entre estos y los nativos. Y esta información está dispersa y descentralizada, creada por los miles de personas que podrían contratar a las otras personas que llegan desde estos países diezmados por la guerra y la brutalidad, o por aquellos que quieran acogerlos en sus casas bajo los más nobles motivos de caridad y solidaridad, o por aquellos que quieran intercambiar bienes y servicios con ellos o, incluso, por los futuros consumidores o empleados de los negocios que en el medio plazo puedan llegar a crear la gente que viene de fuera. Y esta respuesta ágil, realista y eficaz se da de manera, como decía, descentralizada, y no está ofrecida por las decisiones de un reducido grupo de personas que benévolamente, o no, mueven a patosas e ineficientes Administraciones, ni tampoco está motivada porque la clase media de votantes que dará el Poder, a uno u otro político, se conmueva ante la brutalidad de una imagen.

Cómo afrontar esta situación con mercados tan regulados y rígidos como los actuales, especialmente el mercado laboral, que hará más difícil incorporar a la nueva fuerza laboral

Pero aquí nos topamos con otro problema: cómo afrontar esta situación con mercados tan regulados y rígidos como los actuales, especialmente el mercado laboral, que hará más difícil incorporar a la nueva fuerza laboral. El problema no es el número de personas (más allá del corto plazo) sino el pobre dinamismo que tienen las economías más reguladas. El trabajo no es un factor productivo homogéneo, sino heterogéneo y diverso, y la inmigración también favorece una mayor diversidad y especialización laboral, así como una diferenciación más acusada, que permite aprovechar más y mejor los recursos existentes y los inexistentes hasta el momento, además de ser más flexibles que muchos nativos a la hora de moverse geográficamente. Como escribió F. A. Hayek en La fatal arrogancia, “No es el simple aumento de la población, sino una mayor diversidad de los individuos, lo que ha facilitado el acceso a una mayor productividad“.

El miedo a que nos quiten el empleo es tan infundado como ignorante de la heterogeneidad de trabajos que existen y de la creatividad humana, sólo impedida por los límites que le imponen las legislaciones que la coartan. Además, no todos los inmigrantes van a ser demandantes de empleo, habrá otros tantos que en el medio plazo emprendan sus propios negocios y promuevan la actividad económica. Más que decidir cuántas personas van a poder intentar volver a empezar en Europa y como se reparten geográficamente, los políticos debería flexibilizar la economía y liberalizarla. El ‘efecto llamada’ se acabaría cuando no se generara suficiente actividad económica, como ocurría antaño.

No debería financiarse la inmigración a través de subsidios con cargo a impuestos, sino liberalizar la actividad productiva

Y el problema cultural que pueda darse también tiene su reflejo en la propia cultura de los países de destino. El nivel de dinamismo cultural que exista y los principios que rijan el marco jurídico de una sociedad es la que hará que la llegada de foráneos sea más o menos conflictiva. Si los pilares de una sociedad son la libertad, la propiedad y el respeto al prójimo, los procesos para resolver los problemas que surjan serán variados, dinámicos y finalmente más eficientes que si, por el contrario, lo que impera son soluciones únicas centralizadas, que tienden a uniformizar con un pensamiento único estatista, basado en que unos tienen el derecho a decidir sobre las haciendas y proyectos vitales de otros sin su consentimiento –ya sea a través de los impuestos que coactivamente se extraen para redistribuir, regular y dictar centralizadamente cómo debemos vivir, ya sea por votación parlamentaria, etc.–. En este caso sí se generarán y ampliarán los problemas propios del sistema actual estatalizado que se ve más incapaz ante la mayor diversidad, y además sí produce un ‘efecto llamada’. Por ello, no debería financiarse la inmigración a través de subsidios con cargo a impuestos, es decir, renta que se ha extraído coactivamente a otras personas; sino liberalizar la actividad productiva que, en su caso, promoverá subsidios pero voluntarios. Tampoco debería usarse el presupuesto como la lona de la lucha de clases para que tal o cual lobby o grupo potencial de electores pueda vivir del dinero público.

En definitiva, al igual que las reformas y la liberalización son una de las vías para salir de la crisis y tener un crecimiento sostenible, también en una crisis migratoria se hace necesario abrir las fronteras, abrir los mercados y dejar pasar a la libertad.

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