La nueva redistribución… de inmigrantes

La crisis de los refugiados ha puesto en evidencia no sólo el drama humano que supone que familias enteras huyan de la guerra y recorran miles de kilómetros en pésimas condiciones, también ha mostrado algunos errores y debilidades a nivel político y social de las sociedades occidentales.

Sentenciaba Rajoy, y otros líderes, con tono campanudo que el problema está en los países de origen y que es ahí donde deberían centrarse los esfuerzos. A mi entender, el problema también se encuentra en los países de destino. La lentitud y torpeza de la Administración también ha sido una nota altisonante en este drama, y ha ido a remolque de la sociedad civil, que de manera dispersa y descentralizada ha ido gestando una respuesta más rápida, especialmente en Alemania y Austria.

¿Qué hay de los que ansían ganarse la vida y huyen de la falta de libertad y la miseria de sus lugares de origen? Ya no son “refugiados”, estos no tienen pancarta de bienvenida

Obviamente, ante el drama de la foto del niño muerto en la playa han sido pocos los políticos que no han querido dejar escapar la oportunidad de ofrecer hasta su casa para los refugiados que, por cierto, ¿no son inmigrantes? ¿Ya no se les llama así? ¿Será para diferenciarlos de los africanos que se encaraman a la valla de Ceuta o Melilla, o mueren a cientos ahogados en las pateras? ¿O es que sólo se admiten a personas que ansían ganarse la vida cuando provienen de una situación de guerra? ¿Qué hay de los que ansían ganarse la vida y huyen de la falta de libertad y la miseria de sus lugares de origen? Ya no son “refugiados”, estos no tienen pancarta de bienvenida.

No es sólo por las guerras, o porque sean pobres, o porque den lástima, por lo que debería dejárseles entrar, y no sólo porque veamos una terrible imagen del niño ahogado en la playa -¿alguien desconoce que estas tragedias ocurran continuamente?-. No debería prohibirse la entrada de inmigrantes porque sencillamente son personas que merecen un trato moral igual que cualquier otra. Existen multitud de problemas que pueden surgir no sólo debido a un flujoconstante de inmigración sino especialmente a un éxodo motivado por una guerra, pero la solución a dichos problemas no pasa por clasificar a los seres humanos como a reses, sino por analizar si estas complejidades tienen más que ver con el propio sistema institucional de los países de destino.

Y ante la complejidad y problemas derivados de la llegada de tanta gente no se gestiona con una política de inmigración decidida por cinco o seis próceres políticos que se intercambian, como cartas, cupos y cuotas de centenares de personas y familias, redistribuyéndolas entre países. La información necesaria para poder realizar esta tarea no está en manos de Merkel, Rajoy o Cameron, ni de sus ejércitos de burócratas. La información valiosa para la integración adecuada de los inmigrantes es la que nace de la relaciones humanas que puedan llegar a existir entre estos y los nativos. Y esta información está dispersa y descentralizada, creada por los miles de personas que podrían contratar a las otras personas que llegan desde estos países diezmados por la guerra y la brutalidad, o por aquellos que quieran acogerlos en sus casas bajo los más nobles motivos de caridad y solidaridad, o por aquellos que quieran intercambiar bienes y servicios con ellos o, incluso, por los futuros consumidores o empleados de los negocios que en el medio plazo puedan llegar a crear la gente que viene de fuera. Y esta respuesta ágil, realista y eficaz se da de manera, como decía, descentralizada, y no está ofrecida por las decisiones de un reducido grupo de personas que benévolamente, o no, mueven a patosas e ineficientes Administraciones, ni tampoco está motivada porque la clase media de votantes que dará el Poder, a uno u otro político, se conmueva ante la brutalidad de una imagen.

Cómo afrontar esta situación con mercados tan regulados y rígidos como los actuales, especialmente el mercado laboral, que hará más difícil incorporar a la nueva fuerza laboral

Pero aquí nos topamos con otro problema: cómo afrontar esta situación con mercados tan regulados y rígidos como los actuales, especialmente el mercado laboral, que hará más difícil incorporar a la nueva fuerza laboral. El problema no es el número de personas (más allá del corto plazo) sino el pobre dinamismo que tienen las economías más reguladas. El trabajo no es un factor productivo homogéneo, sino heterogéneo y diverso, y la inmigración también favorece una mayor diversidad y especialización laboral, así como una diferenciación más acusada, que permite aprovechar más y mejor los recursos existentes y los inexistentes hasta el momento, además de ser más flexibles que muchos nativos a la hora de moverse geográficamente. Como escribió F. A. Hayek en La fatal arrogancia, “No es el simple aumento de la población, sino una mayor diversidad de los individuos, lo que ha facilitado el acceso a una mayor productividad“.

El miedo a que nos quiten el empleo es tan infundado como ignorante de la heterogeneidad de trabajos que existen y de la creatividad humana, sólo impedida por los límites que le imponen las legislaciones que la coartan. Además, no todos los inmigrantes van a ser demandantes de empleo, habrá otros tantos que en el medio plazo emprendan sus propios negocios y promuevan la actividad económica. Más que decidir cuántas personas van a poder intentar volver a empezar en Europa y como se reparten geográficamente, los políticos debería flexibilizar la economía y liberalizarla. El ‘efecto llamada’ se acabaría cuando no se generara suficiente actividad económica, como ocurría antaño.

No debería financiarse la inmigración a través de subsidios con cargo a impuestos, sino liberalizar la actividad productiva

Y el problema cultural que pueda darse también tiene su reflejo en la propia cultura de los países de destino. El nivel de dinamismo cultural que exista y los principios que rijan el marco jurídico de una sociedad es la que hará que la llegada de foráneos sea más o menos conflictiva. Si los pilares de una sociedad son la libertad, la propiedad y el respeto al prójimo, los procesos para resolver los problemas que surjan serán variados, dinámicos y finalmente más eficientes que si, por el contrario, lo que impera son soluciones únicas centralizadas, que tienden a uniformizar con un pensamiento único estatista, basado en que unos tienen el derecho a decidir sobre las haciendas y proyectos vitales de otros sin su consentimiento –ya sea a través de los impuestos que coactivamente se extraen para redistribuir, regular y dictar centralizadamente cómo debemos vivir, ya sea por votación parlamentaria, etc.–. En este caso sí se generarán y ampliarán los problemas propios del sistema actual estatalizado que se ve más incapaz ante la mayor diversidad, y además sí produce un ‘efecto llamada’. Por ello, no debería financiarse la inmigración a través de subsidios con cargo a impuestos, es decir, renta que se ha extraído coactivamente a otras personas; sino liberalizar la actividad productiva que, en su caso, promoverá subsidios pero voluntarios. Tampoco debería usarse el presupuesto como la lona de la lucha de clases para que tal o cual lobby o grupo potencial de electores pueda vivir del dinero público.

En definitiva, al igual que las reformas y la liberalización son una de las vías para salir de la crisis y tener un crecimiento sostenible, también en una crisis migratoria se hace necesario abrir las fronteras, abrir los mercados y dejar pasar a la libertad.

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