Sube la recaudación, ¿debemos alegrarnos?

El Secretario de Estado de Hacienda, Miguel Ferre, comparecía en el Senado este miércoles y daba a conocer los datos de recaudación en lo que va de año: los ingresos tributarios en términos homogéneos (corregidos por devoluciones e ingresos fuera de plazo) están acelerándose a un ritmo de un 5,2% hasta agosto y superan el escenario previsto por el Gobierno. No han sido pocas las muestras de satisfacción por parte del Ministerio de Hacienda en los últimos meses ante esta evolución, de la que sacan pecho y por la que se sienten orgullosos.

Y es que estas noticias suelen contemplarse, y sobre todo ofrecerse, como un hecho positivo y beneficioso por sí mismo. Mi opinión, no obstante, es que todos aquellos que recelamos de que nos impongan cómo debemos organizar nuestras vidas y las de nuestros hijos, deberíamos estar enormemente preocupados, pues la mayor recaudación supone no sólo dar cada año más poder a quienes nos gobiernan, sino regalar nuestra muy preciada capacidad de decisión y autonomía.

Somos más pobres moral y materialmente: no podemos decidir directamente sobre cómo usar nuestras propiedades y dejamos de disponer de ellas

Es habitual que los análisis académicos y periodísticos, o los sesudos informes que los gobiernos encargan a expertos para reformar el sistema fiscal, dejen de lado, precisamente, uno de los aspectos más perniciosos de todos: la cantidad total recaudada. De hecho, cuanto más elevada sea ésta, más se intensifican los efectos económicos distorsionadores de la fiscalidad y aquellos que más pauperizan a la población. Que los ingresos tributarios crezcan significa, en primer lugar, que somos más pobres moral y materialmente: no podemos decidir directamente sobre cómo usar nuestras propiedades y dejamos de disponer de ellas. Es decir, se limita nuestra capacidad de actuar, de desarrollarnos personal y socialmente. Disponer de una menor capacidad de decisión nos acostumbra a no tener que tomar, precisamente, decisiones, impidiéndonos aprender de nuestros errores y superarnos. Todo lo ello supone acostumbrarnos a ejercer una menor responsabilidad, lo que repercute, también, en la calidad de nuestras instituciones y valores.

Y, en segundo lugar, se está resumiendo en un sólo dato el hecho de que las relaciones económicas y sociales que entretejen los ciudadanos espontáneamente están siendo distorsionadas cada vez más, año tras año. La modificación de los precios, del valor de los activos, los proyectos económicos que se han esfumado y los empleos productivos –es decir, que directamente dependen de satisfacer al consumidor, no al político– que han dejado de crearse.

Estos anuncios por parte del Ministerio de Hacienda y del Gobierno distraen al contribuyente porque lo sitúa en una posición artificial: la de analizar este resultado, la mayor recaudación, desde el punto de vista del Estado y no desde el punto de vista individual. Esto, en primer lugar, supone asegurarse el apoyo del gobernado. Si recauda más, será mejor, da igual que ellos suponga acrecentar el desequilibrio que pueda haber entre el poder de uno y el del otro, o el grado de concentración de dicho poder en la Administración.

Igualmente, estas noticias de la recaudación agregada distrae al ciudadano de valorarla desde el punto de vista del coste de oportunidad que ha supuesto a nivel individual, aquello a lo que se ha renunciado y que tan bien explicó Frédéric Bastiaten Lo que se ve y lo que no se ve, cuando explica la falacia de la ventana rota: si un niño rompe el cristal de un comercio esto beneficiaría a la sociedad porque obliga al comerciante a comprar otro cristal, lo cual beneficia al cristalero, que con el dinero comprará pan al panadero, beneficiándolo, y éste, a su vez, comprará a un tercero, que se verá beneficiado, etc. La destrucción crearía riqueza. Sin embargo, ¿qué hubiera podido comprar el comerciante si no hubiera tenido que destinar recursos a reponer el cristal? En realidad, de no haberse roto el cristal, la sociedad tendría el cristal más otras cosas.

El Gobierno prevé recaudar unos ingresos tributarios de 193.523 millones de euros en 2016, 18.533 millones de euros más que en 2014

El Gobierno prevé recaudar unos ingresos tributarios de 193.523 millones de euros en 2016, 18.533 millones de euros más que en 2014. ¿Qué se ha dejado de hacer con esta cantidad? Imposible de calcular, pero si tenemos en cuenta que para resolver los innumerables problemas a los que nos enfrentamos es mejor disponer de una variedad de soluciones que compitan en eficacia y satisfacción al consumidor (lo que ofrece la sociedad a través del mercado), y no una única solución rígida, ineficiente e impuesta, que apenas cambia a pesar de que sí cambian las circunstancias de la vida (que es lo que ofrece la Administración y su burocracia), podría afirmarse que estamos renunciando a mucho.

Además, Ferre ha afirmado que el IVA está creciendo al 6% en términos homogéneos. Es decir, que no sólo no vemos, ni siquiera imaginamo, las consecuencias que ese dinero hubiera podido tener en nuestras vidas y proyectos, sino la propia ilusión fiscal que este dato conlleva: el impacto del IVA a nivel personal es más difícil, acaso imposible, de cuantificar, para ello habría que sumar todos los IVA que hemos soportado en nuestras compras diarias, por lo que el contribuyente no percibe realmente lo que paga. No sólo es que en los precios a veces no figure el IVA, esté algo oculto o no lo calculemos para realizar la compra (por ejemplo, por el esfuerzo cognitivo que ello supone) sino que, aunque lo hiciéramos, no sabemos cuánto pagamos al mes en IVA.

Dice el Secretario de Estado que son las Pymes y los autónomos de donde más se está recaudando por IVA, un 11,4% más, y en el caso de estos últimos, también por pagos fraccionados del IRPF (actividades económicas), a los que se está extrayendo la renta un 12,6% más con respecto al año anterior. El sistema vuelve a jugar al despiste, con nuestra tácita aquiescencia: el IVA de un pequeño empresario o profesional no siempre lo paga su cliente o el consumidor final, sino también ellos mismos que no son capaces de trasladar en precios el impuesto, más teniendo en cuenta la inflación baja o deflación que tenemos. Respecto a los pagos fraccionados, qué decir de una obligación que no es sino una financiación gratuita al Estado por parte de los sufrientes autónomos que tan mal lo están pasando estos años.

Socializar el perjuicio de las subidas fiscales supone una pérdida de votos inferior a la de centrar los ajustes en grandes grupos concretos y organizados que dependen directamente del Presupuesto

Ferre ha utilizado también otro de los argumentos a los que, pomposa y mecánicamente, echan mano los políticos cuando anuncian bajadas de impuestos: gracias a la rebaja fiscal [sic] se ha incentivado el crecimiento y la actividad económica, hecho que ha propiciado el incremento de la recaudación. Sin embargo, ¿dónde estaba esa rebaja fiscal cuando España era un páramo económico, un desierto de actividad productiva? La idea de que no se podía reducir los impuestos cuando llegaron al poder porque debían atender a los gastos públicos, no sólo no se tiene en pie por el volumen inmenso e improductivo de gasto público, pues había y hay margen para reducirlo, ni tampoco por la urgencia de disponer de fondos, puesto que fue el BCE quien realmente evitó la quiebra del Estado español en 2012. Quizá la respuesta a esta política económica se encuentre en que socializar el perjuicio de las subidas fiscales supone una pérdida de votos inferior a la de centrar los ajustes en grandes grupos concretos y organizados que dependen directamente del Presupuesto.

Finalmente, nunca está de más citar la lúcida reflexión de Jean Baptiste Colbert, ministro de finanzas del rey de Francia Luis XIV: “recaudar impuestos es el arte de desplumar al ganso sin que el ganso se entere”. Que no nos tomen por gansos.

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