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El envilecimiento fiscal internacional

(Artículos publicado en el Instituto Juan de Mariana.)

La crisis económica no sólo ha servido a Montoro para subirnos los impuestos en España. En el ámbito internacional hay una enorme cantidad de técnicos y burócratas en las estructuras paraestatales (OCDE, etc.) al servicio de los Gobiernos (especialmente del G20) para que estos aseguren sus recaudaciones fiscales en los niveles más elevados posibles.

Estas organizaciones, al mandato de sus gobiernos, han estado ideando un plan (todavía no concluido) con tres pilares fundamentales: cambiar las reglas de la tributación fiscal internacional (proyecto BEPS), implementar mecanismos para el intercambio automático de información financiera entre Estados, y la realización de una revisión del cumplimiento de estas medidas por parte de un gran número de países (no sólo ellos).

Poner en marcha estos planes a nivel internacional no es tarea fácil, y está siendo posible por el interés y necesidad de los manirrotos y anquilosados Gobiernos de los países más ricos (especialmente los europeos), que buscan nuevas maneras para recaudar urgentemente más dinero de la población. Es decir, que lo que ocurre “a nivel” Montoro está ocurriendo en los países e instituciones más socialistas del mundo desarrollado.

En cuanto a los cambios en la fiscalidad, destaca el modo en que los Estados van a tratar de gravar la economía digital. Internet está permitiendo una increíble y radical modificación de los modelos de negocio. Y esto tiene sus consecuencias para los Estados, que ven cómo la actividad de las empresas llega a sus territorios pero sin necesariamente haber una presencia (física) de la empresa, algo que permitiría un claro mordisco fiscal. También pretenden fiscalizar y auditar a las empresas para que no separen y deslocalicen los ingresos, del valor que los genera, ideando para ello métodos administrativos costosos e invasivos que podrían llegar a dictar dónde se crea el valor para así gravarlo.

Precisamente, la fiscalización y el control de la información es lo que todo Estado fuerte necesita. Y este otro pilar es lo que están impulsando (en parte ya se ha aprobado), de modo que se establezcan mecanismos de intercambio de información que en lugar de realizarse a petición de las administraciones y de sus burócratas (como hasta ahora), se haga de manera automática. Para ello colonizarán en mayor medida a las entidades financieras, que estarán obligadas a “colaborar“, e incluso están pensando en obligar a las empresas a declarar al Fisco la estrategia fiscal que diseñen. (Por cierto que este tema también se relaciona con el big data y el espionaje del Estado).

Y, ¿cuáles son las razones, si quiera de cara a la galería, para justificar estos cambios? Según los últimos informes de la OCDE, el organismo que está diseñando estas políticas, existe “una creciente percepción” (sic) de que los Gobiernos están perdiendo ingresos fiscales por la panificación fiscal de las empresas. Y es una “percepción” porque al mismo tiempo admiten su incapacidad para cuantificar esta menor recaudación. De ahí la necesidad de fiscalizar y controlar toda la información para poder monitorizarnos y cuantificarnos. Por otra parte, la propia OCDE recoge en otros trabajos que la recaudación por el Impuesto sobre Sociedades ha ido creciendo desde 1965, salvo el descalabro producido durante la actual crisis. Es decir, que quitando el efecto de la crisis, la recaudación media de los países de la OCDE se ha ido incrementando.

En cualquier caso, con esta “percepción” han aireado y ayudado a propagar acusaciones interesadas contra empresas como Google, Amazon, Starbucks, Adobe, etc. (sobre todo en EEUU y Reino Unido), con el fin de manipular a la población y mostrar que estas empresas han poco menos que evadido impuestos, lo que explicaría su poco nivel de tributación. No hay más que ver el vergonzoso interrogatorio que soportó Tim Cook, el CEO de Apple, en el Senado de EEUU (por cierto, únicamente defendido por Rand Paul), que no se cansó de reiterar que pagaban lo que debían legalmente, y que el sistema fiscal yanqui crea muchas desventajas a Apple.

Y es que es así. En primer lugar, las empresas multinacionales suelen pagar lo que dicta la ley. Hecho que han reiterado todas las empresas acusadas, Google, Starbucks, Adobe, etc., aunque luego hayan tenido, motu proprio, que pagar más (Starbucks) para evitar el descrédito que están creando los burócratas y periodistas socialistas. Es decir, que no hace falta incumplir la ley (la ley de los gobiernos) para rebajar la mordida fiscal.

Lo que ocurre es que la propia operativa de las empresas conduce o facilita este hecho. Aquí en España, las mayores deducciones fiscales las encontramos en las deducciones por doble imposición internacional. Es decir, las empresas grandes se deducen grandes cantidades para no pagar dos veces (!). Y esto es posible porque son las multinacionales las que tienen diversificados los mercados y operan en más de una jurisdicción. Es decir, la mayor eficiencia operativa de una gran empresa también se refleja en el tema fiscal. Sobre todo en el coste fiscal, que es el peor de todos, pues no es un input que cree valor a la operativa, sino un peaje, un chantaje, para poder relacionarse con los consumidores de un territorio. De ahí que las empresas, ciertamente, modifiquen sus modelos de negocio para rebajar su factura fiscal y poder llegar a todos sus destinatarios de la mejor manera posible, rendir las mejores cuentas a sus propietarios, y ser más eficientes en un entorno de presión competitiva global.

Y esa eficiencia fiscal no sólo la buscan las grandes multinacionales, también cualquier persona que en su IRPF opta por un beneficio fiscal. Y si no lo hace por miedo, es por evitarse “líos” (es decir, el miedo a pagar finalmente más). Por tanto, la denominada economía de opción se ejerce en todas partes y es natural al obligado tributario (pues es obligado). No debería ser perseguida y no es algo que las malvadas compañías grandes busquen por su ruin naturaleza. Que, por cierto, se habla de grandes corporaciones, pero estas suelen tener propietarios pequeños, sus accionistas. Aun así, se aplican medidas progresivas (es decir, más agresivas) hacia estas cuando sus propietarios pueden ser más bien pequeños ahorradores. Son estos ahorradores y, en general, toda la población, la que debería desacreditar y señalar a los burócratas y gobiernos cuando se embarcan en ofensivas fiscales que no ayudan a la economía, y mucho menos a su recuperación, en lugar de competir sanamente por rebajar esas barreras a empresas y personas.

 

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Sobre las reformas fiscales “para el crecimiento”

(Artículo publicado en el Instituto Juan de Mariana.)

En el último mes se han hablado de propuestas de reformas fiscales “para el crecimiento” y el fomento de la recuperación. Incluso el Gobierno ha creado un comité de sabios que diseñe la reforma fiscal que pretende aprobar en 2014. La guía para la mejora de la tributación directa pasaría, según estas propuestas, básicamente por ampliar las bases imponibles eliminando las deducciones y reducir los tipos impositivos. Con una reforma basada en estos puntos en el ámbito de la fiscalidad directa, dicen sus proponentes, se reducirían las distorsiones económicas y se maximizaría lafferianamente la recaudación. ¿Es posible esta cuadratura del círculo? ¿Es deseable desde un punto de vista económico?

Eliminar deducciones, ¿sí o no?

En primer lugar, y centrándonos en la tributación empresarial, las deducciones no son distorsionadoras per se, por lo que no debería proponerse su simple eliminación. La deducción de las amortizaciones de los activos, la deducción de los gastos financieros, o de cualquier gasto de la actividad no debería limitarse, ni mucho menos eliminarse. De lo contrario se tributaría por beneficios inexistentes creándose distorsiones adicionales.

Ahora bien, es cierto que hay deducciones asimétricas que crean distorsiones económicas, pero no como suele entenderse. Por ejemplo, el ahora tristemente famoso tax lease del sector naval, una deducción fiscal que Almunia pretende eliminar retroactivamente y recaudar, es una deducción que crea una situación distorsionadora. ¿Por qué? Por ejemplo, porque la distinta imposición efectiva de las empresas en el sector naval y las que estén en otros sectores traerá consigo una modificación de los precios relativos de los activos que no existiría en ausencia de impuestos. La distinta estructura de costes fruto del impuesto soportado hará que la demanda de recursos productivos y la oferta de los bienes y servicios producidos de las distintas empresas según su sector sea diferente a como habrían sido en ausencia de impuestos, hecho que modificará la constelación de precios de los bienes y servicios. Entonces, ¿debería eliminarse esta deducción porque crea una distorsión?

La deducción a un sector es algo positivo porque consigue minorar su tributación efectiva, es decir, reducir sus impuestos, algo económicamente positivo porque se acerca más a la situación en la que se estaría en una economía libre. Es el hecho de que otros sectores no tengan una deducción u otra bonificación que reduzca su imposición efectiva a los niveles del sector que tiene la deducción lo verdaderamente negativo. El problema no es la existencia del tax lease o deducción, sino que otros sectores sufran una imposición superior. Luego la distorsión no proviene de la existencia de la deducción, sino de que el resto de sectores (simplificando) padezca una imposición superior.

En definitiva, hay una diferencia en la tributación efectiva que debe corregirse no quitando deducciones sino extendiéndolas al resto de sectores de modo que lo que antes era una deducción específica (a un sector) ahora sea una deducción generalizada, o lo que es lo mismo, eliminar la deducción por la vía de reducir los tipos impositivos nominales para que todos soporten una tributación efectiva igualmente baja.

Por tanto, desde un punto de vista económico no debería aceptarse la eliminación de deducciones en aras de un sistema impositivo más eficiente y “para el crecimiento”. Más que eliminarse deberían respetarse las propias de la actividad económica y generalizarse las que son específicas para reducir la imposición efectiva de todas las actividades económicas. O, si se quiere simplificar el sistema fiscal, sustituir éstas últimas por considerables rebajas de tipos impositivos nominales (algo improbable hoy en día).

La cuadratura lafferiana del círculo: más eficiencia económica y mayor recaudación

Justificar las rebajas de impuestos usando únicamente como argumento que esta ganancia en eficiencia incrementaría la recaudación, como sugiere la denominada Cruva de Laffer, es contradictorio.

Esta curva es la representación gráfica de la relación entre el tipo impositivo y la recaudación. Es una curva porque según el tipo impositivo vaya incrementándose habrá un efecto recaudatorio directo (el efecto mecánico de extracción de renta) que se verá parcial o totalmente contrarrestado por un efecto indirecto (efecto comportamiento, o la respuesta de los agentes económicos a mayores tipos impositivos: mayor fraude y/o menor actividad económica). En la parte ascendente de la curva, el efecto mecánico prevalecerá sobre el efecto comportamiento: a medida que se incrementa el tipo impositivo se incrementa la recaudación. En la parte descendente de la curva el efecto comportamiento contrarrestará el efecto mecánico de tener un tipo impositivo cada vez más elevado, reduciendo la recaudación. Cuando ambos efectos son iguales (el punto de inflexión o la parte más elevada de la curva), se obtiene la máxima recaudación, a un tipo impositivo Laffer (el óptimo).

La justificación de la rebaja de tipos usando esta curva no hace más que sustituir una distorsión por otra, por eso cuadraría el círculo y contentaría a una Hacienda Pública inteligente. Menor efecto comportamiento (menos distorsión y más eficiencia) y mayor recaudación. Sin embargo, la mayor recaudación también es un efecto distorsionador porque disminuye la renta de los agentes económicos, cosa que dispara innumerables distorsiones de todo tipo. Extraer la riqueza generada y los usos que se harían con ella en busca del valor y la satisfacción de las necesidades más urgentes de la población es una distorsión sobre la economía igualmente grave.

Por tanto, usar este tipo de argumentos para justificar una reducción de impuestos no es un razonamiento que vaya indiscutiblemente a favor de un sistema impositivo eficiente (¿qué ocurriría si se usara la curva para justificar subidas de impuestos?). Desde luego es equívoco usarlo como base de una reforma fiscal “para el crecimiento”. El crecimiento se obtiene reduciendo los dos efectos comentados, no deteniendo la disminución de uno de ellos a conveniencia de la recaudación, es decir, del Estado. Usar, en suma, este razonamiento es impregnarse de una perspectiva estatal que somete “el crecimiento” económico al bienestar del Estado por lo que disfraza un razonamiento a favor de la economía libre en un argumento poco claro y contradictorio.

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Impuestos sobre la estructura productiva

(Artículo publicado en el Instituto Juan de Mariana.)

Desde un punto de vista agregado, las interconexiones entre las distintas inversiones que se realizan en una economía suele resumirse en la expresión “estructura productiva”, tan familiar para los economistas austriacos. La producción se realiza a lo largo del tiempo, por lo que, dentro de esa concepción agregada, se concibe esa estructura compuesta de distintas etapas en función de su cercanía al consumo final, que representan el flujo de bienes y servicios “reales” y el dinero.

Según el comportamiento de diversas variables agregadas como el ahorro y el tipo de interés, o la asignación y reasignación de los factores productivos, la forma de la estructura productiva si la representáramos gráficamente con el famoso triángulo hayekiano será diferente: más alargada (con más etapas productivas) y, por tanto, más capitalizada; o más achatada, con menor número de etapas (menos capitalizada). En el primer caso se producirán más y mejores bienes y servicios de producción y de consumo (mayor bienestar para la población), todo lo contrario que en el segundo caso.

Con esta panorámica agregada, la escuela austriaca ha explicado el proceso de capitalización de la economía (la forma de la estructura productiva), tanto de una manera sana (basado en el ahorro) o insana (promovida por la expansión artificial del crédito por los bancos centrales).

No obstante, también la estructura productiva puede modificarse forzosamente por el Gobierno por otras vías: los impuestos sobre la actividad económica (por ejemplo, el Impuesto sobre Sociedades, el IRPF-rendimiento de actividades económicas, o el IVA, entre los más importantes). El gravamen en los beneficios achata la estructura de producción. Dos ejemplos:

Achatamiento de la estructura productiva por gravar los beneficios de cada etapa productiva

Los beneficios son una señal para el arbitraje empresarial entre los precios de los productos y el precio de los factores productivos empleados. Ante mayores márgenes relativos de una etapa con respecto a otra, se producirá una sana afluencia de empresarios y capital para aprovecharse de esos márgenes al tiempo que se satisface más y mejor al consumidor. En cada etapa puede haber diferente nivel de beneficios (o pérdidas). Los impuestos sobre la renta de la actividad económica atacan precisamente estos beneficios, reduciéndolos.

Imaginemos que el desarrollo de la economía lleva a que en una etapa productiva se generen jugosos beneficios. Gravar estos beneficios detendrá la necesaria afluencia comentada provocando multitud de distorsiones. En primer lugar, se limita la producción de los productos intermedios que deberían crearse en dicha etapa, por la vía de impedir un mayor número de empresas que podrían fabricarlos o, sin reducirlo, por hacerlas más improductivas (a causa del mayor coste que supone el impuesto). Esto puede provocar la merma en el suministro de estos bienes y servicios, pero también en el de aquellos producidos por las etapas colindantes (aquellas que, a su vez, suministran y adquieren los productos de la etapa con altos beneficios gravados). Es decir, una interrupción de la coordinación acompasada de las distintas etapas. El resultado es que se infrautilizarán todas estas etapas productivas (sobre la que recae el impuesto y las colindantes), cabiendo la posibilidad de crearse, a corto plazo (antes de que modifiquen sus precios y se reubiquen) recursos forzosamente ociosos (por ejemplo, paro). Como resultado, a causa de los impuestos pueden crearse pequeñas crisis parciales en las etapas más afectadas, lo que provocará un achatamiento de la estructura productiva y a la descoordinación temporal, magnificado si la economía está también fuertemente regulada en otros ámbitos (como el laboral, ya mencionado, o el de la competencia, etc.).

Achatamiento de la estructura productiva por gravar los beneficios que cubren el coste del capital en cada etapa

Otro problema que surge es que gravar la renta (el beneficio contable en el Impuesto sobre Sociedades, o el valor añadido en el IVA) generada en cada etapa productiva también contiene el coste del capital o tipo de interés (es decir, el coste de oportunidad de los inversores). Dicho de otro modo, el beneficio contable no sólo contiene el beneficio puro empresarial (que tenderá a reducirse con la competencia) sino la recompensa a los inversores por la financiación (fondos propios o deuda). Esto es de vital importancia porque poder generar valor para remunerar este interés significa que la actividad se realiza de acuerdo con la preferencia temporal, la aversión al riesgo y la preferencia por la liquidez de los agentes. Es decir, con el coste que les supone la espera hasta obtener la producción que financian. De ser así, habrá una coordinación intertemporal de la actividad económica, compleja y generadora de valor.

Gravar el beneficio que cubre el tipo de interés conlleva otra serie de problemática, comenzando por la destrucción de cualquier actividad que no pudiera modificar su estructura operativa sin querer dejar de remunerar a los inversores. Esta capacidad de supervivencia y adaptación dependerá de la empresa, y se hace tristemente más evidente hoy en día con las continuas subidas de impuestos.

Por ejemplo, las empresas más ilíquidas (con más activo fijo o con más pasivo exigible a corto) tendrán más difícil esa adaptación, motivo por el que quizá se vean abocadas a cerrar (piénsese en el efecto que ha tenido el IVA en los teatros o cines, cuyo valor añadido es otro tipo de renta gravada). Al contrario, las empresas más liquidas podrán capear el impuesto con cargo a reservas, descapitalizándose para ganar tiempo, o bien con cargo a sus activos más líquidos pero en detrimento de no poder destinar esa liquidez a otro tipo de activos (fijos, a largo plazo) que ofrecen mayores rentabilidades. Es decir, un achatamiento de la estructura productiva.

Puede ocurrir, además, que el empresario, aunque obtenga beneficios después de impuestos, no se dé cuenta de que estos no cubren el coste del capital. Ha de tenerse en cuenta que este coste incluye la remuneración de la deuda pero también la de los fondos propios, que pueden provenir del mismo empresario (sobre todo en economías con mucha microempresa). Si el beneficio (o el valor añadido) después de impuestos no cubre todo el coste de oportunidad más difícilmente visible de los fondos propios, se estará quebrando el sentido capitalista de la actividad económica, esto es, la coordinación intertemporal de la producción con vistas a generar valor a lo largo del tiempo. Otra manera de achatar (gráficamente) la estructura productiva.

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No hay que ser asesor fiscal para vigilar al Taxman

(Artículo publicado en el Instituto Juan de Mariana.)

El Gobierno ya incrementó el año pasado el Impuesto sobre Sociedades (IS) y pretende hacerlo ahora otra vez. Sin embargo, el incremento no ha sido fácil de entender para el ciudadano de a pie porque se ha basado en cambiar disposiciones técnicas y, además, orientadas principalmente a las grandes empresas, que por ser grandes parece que incluso se lo merezcan (como si no sufrieran los incrementos de impuestos, o los absorbieran solamente ellas y no sus clientes, proveedores, accionistas, etc.).

Los aspectos técnicos de este Impuesto, aunque no conocidos por una mayoría, son determinantes para la población si lo que se quiere es la prosperidad económica. Y aun siendo temas técnicos, tan sólo con disponer de un sencillo enfoque de lo que debería ser la política y su intervención en la vida de los ciudadanos permitirá a éstos no dejarse engañar por sus políticos, y ante cualquier incremento sutil y técnico de impuestos, interponer un freno social a ese monstruo lovecraftiano que es el Taxman.

El IS es uno de los impuestos más distorsionadores de la actividad económica. Una de esas distorsiones es la creada por la posibilidad de deducción de los gastos financieros frente a la no deducción del coste de oportunidad de los fondos propios. Esto, junto con otras características del Impuesto, ha favorecido el uso de la deuda, la inversión en inmuebles, la complejidad en la financiación de las empresas (deuda híbrida) y de las transacciones financieras.

Tanto es así que en trabajos académicos recientes ya se ha llamado la atención sobre el papel que ha tenido este Impuesto en el fomento y agravamiento de la actual crisis económica, y no es que ésta haya surgido por el Impuesto, pero ha sido favorecida y engrandecida por él.

Ante esto, las respuestas académicas son diversas, pero mayoritariamente se centran en tratar de equiparar la deuda con los fondos propios, bien a través de la eliminación de la deducción de los gastos financieros, bien creando una nueva deducción para los fondos propios (la deducción de una especie de coste de oportunidad). De ese modo, ambas partidas estarían igualmente tratadas: o bien penalizándolas a las dos o no penalizándolas (tanto).

¿Y cuál creen que ha sido la respuesta política mayoritaria? La que más se está extendiendo hasta el momento ha sido la aplicada y liderada por Dinamarca y Alemania: limitar la deducción de los gastos financieros, es decir, acercar los tratamientos por la vía de la penalización también de la deuda. Como decía, esta es también la seguida por Montoro, y aplaudida por su partido.

Pero penalizar igualmente las fuentes de financiación de las empresas no es la solución. Además, hay muchas más distorsiones creadas por el IS que han sido cómplices de la crisis. Por eso, tampoco sería un remedio completo introducir una deducción para los fondos propios. Lo que realmente suavizaría no solo estas sino todas las distorsiones de este impuesto sería reducir los tipos impositivos nominales drásticamente (superiores a la media de la UE). Son los tipos nominales los que se ceban especialmente con los proyectos de inversión más rentables, aquellos que más beneficios traen a la sociedad, y son los más distorsionadores de la creatividad empresarial y del beneficio puro empresarial (cuantos más beneficios, el tipo efectivo se acerca más al tipo nominal).

Por tanto, aunque desde la academia la asimetría de tratamiento fiscal fondos propios/deuda ha sido más que identificada y se hayan ofrecido diversas soluciones, depende de la población vigilar cuál adopta el político e incluso corregir el sesgo liberticida de los propios entendidos. Y sobre todo, presionar para que unos y otros reduzcan su ingeniería social y sus ganas por el ¡exprópiese!

Si, por ejemplo, los políticos empiezan a limitar la deducción de los gastos financieros para las empresas, no debemos pasar por alto esta maniobra porque se aplique a las grandes empresas, que por ser grandes, son malignas, claro. De hecho, como en cualquier intervención estatal, lo que empieza por algo nimio y sin importancia, al final acaba por extenderse al resto de población (ya sea de personas físicas o jurídicas), y entonces ya es más difícil que la propia población se movilice en su contra. Véase el propio Impuesto sobre la Renta o el IVA, que nacieron en los países occidentales con tipos impositivos irrisorios y ahora alcanzan el 52% o 21% en nuestro país.

No hace falta entender de leyes fiscales. Pero al igual que debemos incrementar nuestra cultura financiera y saber cómo funcionan los negocios y el dinero (y que estos deben ser respetados) también debemos ser furibundos defensores de cualquier contribuyente, por muy mala prensa que tenga, y vigilar siempre al Taxman y sus cómplices.

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Sobre la nueva “reestructuración impositiva” a las empresas

(Artículo publicado en el Instituto Juan de Mariana aquí.)

Este viernes el Gobierno va a aprobar entre otras medidas una “reestructuración fiscal” que “favorezca el crecimiento”. Suena a broma después de haber subido los impuestos como nunca antes se había visto y en uno de los peores momentos económicos que sufre la población. Se comenta que el objetivo del Gobierno ahora es favorecer el crecimiento por la vía de facilitar fiscalmente las cosas a los emprendedores, las nuevas empresas o PYMES. Cosa que sorprende, igualmente, tras haberse subido enormemente los impuestos a esos mismos emprendedores y empresarios individuales que tributan en el IRPF a los que ahora se pretende “favorecer”.

También se dice que se “favorecerá” a las pequeñas empresas, pero se subirá el Impuesto sobre Sociedades a las más grandes. Después de la importante recaudación a las grandes empresas (fue la subida fiscal que más recaudó en 2012), era un caramelo demasiado dulce para que el Gobierno no continuara su rapiña impositiva por esta vía de la discriminación fiscal según el tamaño de la empresa.

Y es que las discriminaciones fiscales es una oscura tradición de rancio abolengo y son innumerables las excusas que se han usado por el Poder y los intelectuales de pro para justificarla. Como decía el historiador Charles Adams, los impuestos discriminatorios, impuestos por una clase de ciudadanos contra otra, “son tan viejos como la Historia”. De hecho, no hace mucho tiempo en Europa los judíos pagaban tipos impositivos más elevados que los cristianos, los protestantes gravaban con el doble de tipos impositivos a los católicos, y viceversa. Ahora, se trata de gravar a las empresas grandes, que son “poderosas”, que “defraudan” y “evaden”, para “favorecer” y “dinamizar” el crecimiento de los emprendedores -después de machacarlos, insistimos, con tipos marginales nórdicos en uno de los peores momentos económicos en décadas-.

Se habla de eliminar las “desgravaciones abusivas”a las grandes empresas, concepto que considera implícitamente que toda la renta de las empresas es propiedad del Gobierno, que sólo permite que se queden en sede de quien las ha producido, pero hasta cierto límite. Es difícil que con esta ideología destructora de valor se pretenda incentivar la actividad económica y favorecer la recuperación que van a llevar a cabo esas empresas.

Efectos económicos de modificar las deducciones

La existencia de un sistema de deducciones asimétrico, donde para algunos casos se permite una deducción completa mientras que para otros es parcial o incluso está subvencionado, crea, de por sí, distorsiones porque la imposición efectivamente soportada por las empresas variará en función de los activos y pasivo utilizados. Es decir, aunque exista un tipo único, cada empresa soporta un Impuesto sobre Sociedades diferente. Esto creará incentivos de producción y arbitraje alejados de los que habría en un mercado en el que no hubiera esta distorsión fiscal.

Modificar la tributación empresarial cambiando el sistema de deducciones del Impuesto sobre Sociedades (como se espera que ocurra, especialmente en cuanto a las grandes empresas) traerá consigo otro cambio en el patrón de distorsiones en la producción debido a este Impuesto. De modificarse de nuevo las deducciones, la imposición efectiva relativa de las empresas volverá a cambiar.

Esta diferente imposición efectiva modifica, de nuevo, las decisiones de inversión y financiación dado que el valor relativo de los activos y pasivos de la economía variará. Si, por ejemplo, la deducción de toda la amortización en un año de determinados bienes hace más productivo dichos bienes, las empresas querrán disponer de ellos con más intensidad (variará, por tanto, su demanda) modificando su precio con respecto a los demás activos (o pasivos) que no gocen de este tipo de deducciones.

La variación relativa en la imposición efectiva de las empresas provocará que éstas tengan una diferente presión para trasladar el impacto del impuesto soportado a los agentes económicos con los que se relacionan. Recortar los beneficios o la liquidez presionará para que las empresas afectadas busquen ampliar los beneficios o su liquidez tratando de reducir el precio a sus proveedores, de aumentar el plazo de pago, aumentar el precio a sus clientes, reducir la calidad de algunos productos, demandar menos factores productivos, etc.

También habrá un efecto sobre la estructura productiva de la economía. Incrementar la fiscalidad a través de la modificación de las deducciones supone incrementar la imposición efectiva media y marginal relacionadas con las deducciones que se eliminen o reduzcan. Elevar la imposición efectiva media perjudicará la creación de actividad nueva, mientras que incrementar la imposición efectiva marginal supondrá enfriar (todavía más) la intensidad de las inversiones. Esto provoca un anquilosamiento de la estructura productiva que entorpecerá y ralentizará el cambio de modelo productivo que necesita el país.

¿En qué medida se dejarán sentir estos efectos? Su intensidad dependerá de la subida fiscal, de las deducciones que se suban y la combinación de esto con la realidad económica actual. Puede que el aspecto fiscal no sea el determinante en muchas ocasiones, o no sea tan claro o automático, pero sí ejercerá su influencia y presión para que haya más probabilidades de que se den estos efectos descritos. No olvidemos que los impuestos pueden suponer una importante porción del resultado contable de una empresa o un buen zarpazo a su liquidez (especialmente, los pagos anticipados del Impuesto sobre Sociedades). Por tanto, no es un asunto baladí el fiscal, y aunque se trate de encubrirlo con una argumentación demagógica de subir impuestos a los más grandes para favorecer a los débiles (en una especie de David contra Goliat), subir los impuestos a las grandes empresas también traerá sus consecuencias negativas al resto de la economía, incluidas las PYMES.

Subir los impuestos a las grandes empresas también perjudica a las pequeñas

Por ejemplo, las empresas más grandes son una parte muy importante de la economía, que abre un mercado a las PYMEs al que de otro modo no tendrían acceso. No en vano, ellas son uno de los caminos importantes para que las pequeñas o medianas empresas tengan acceso a la cadena de valor internacional. Proveyendo bienes y servicios a las grandes, los proveedores locales (PYMEs) pueden aprovecharse de la internacionalización de las más grandes.

Además, las relaciones comerciales con empresas más grandes y más eficientes traen consigo también una mejora en la eficiencia para las pequeñas. Se ven obligadas a incrementar su valor para poder surtir de sus productos a las grandes, que compiten en mercados más globales. Incluso, las propias empresas más grandes obligan e influyen de manera determinante para que las más pequeñas se organicen de un modo más productivo. Es algo parecido a la mejora que experimentan las empresas que inician su internacionalización que mejoran continuamente su estructura dado que aprenden exportando.

Por no hablar de los efectos perjudiciales sobre la competitividad de realizar una actividad económica en España o de incrementar las inversiones en nuestro país. Habrá más presión, o bien para que las empresas de fuera no vengan a España (o vengan con mayor dificultad), o bien a que se reduzca el volumen de inversiones en nuestro país, o bien a la relocalización de actividades de aquí a otros lugares fuera del país. Algo que sin duda no ayuda al tejido productivo español poblado por microempresas y empresas de reducida dimensión. Basta de demagogia y de minar nuestra recuperación.

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Integración vertical y evolución de la industria

En el sistema productivo, no solamente son importantes las características de los recursos productivos empleados y las complementariedades que existen entre ellos, también resulta fundamental el modo en que se combinan entre sí, en cómo se organizan empresarialmente. Es decir, la propia estructura organizativa de una empresa es importante y es capaz de crear valor por sí misma, aun sin modificar estrictamente los inputs. De ahí que las organizaciones o las estructuras que adoptan las empresas evolutivamente, importen y moldeen la estructura de capital (productiva) de una economía.

El sistema económico se estructura en función de los deseos presentes y futuros de los consumidores. En una industria, dicha estructuración se realiza a través de la realización, a lo largo de las etapas productivas, de un conjunto de actividades que van creando y añadiendo valor al producto que desean los consumidores (esto es, la cadena de valor).

Integración y la tendencia a la desintegración

Una empresa puede desarrollar un producto integrando toda la cadena de valor internamente. La integración vertical en una industria se da sobre todo en situaciones en donde los cambios productivos o las innovaciones son sistémicas (implican modificaciones en todas las etapas de la cadena de valor) y requieren de reorganizaciones a gran escala de las capacidades existentes en la empresa y que no pueden encontrarse en ese momento fuera, en el mercado (por no existir o porque los costes de transacción son elevados).

Sin embargo, tal como resumí en mi último comentario, durante el proceso competitivo y la evolución de la industria, puede suceder que las empresas integradas, que continuamente van innovando y mejorando su producto mucho más de lo que los consumidores están dispuestos a pagar, se vean sorprendidas por nuevas empresas especializadas que irrumpen en el mercado ofreciendo productos más baratos con una funcionalidad mínima o aceptable por consumidores menos exigentes (empresas low cost). Se produce así un proceso de desintegración –o modularización- de la industria que lleva al nacimiento y proliferación de empresas especialistas con una tendencia hacia la estandarización de los productos. Un ejemplo clásico es el de Apple, Samsung y los smartphones, pero existen más áreas en las que puede verse esta evolución (o podría, si no hubiera intervención estatal), como el de la educación –Universidad de Harvard frente a la de UC Berkeley- o la sanidad –hospitales frente a clínicas especializadas, especialistas, atención a domicilio, etc.-).

¿Empresas líderes abocadas a la desintegración?

Surge así una interesante cuestión en torno a la evolución de la industria. ¿Qué ocurre con las empresas líderes que presentan una estructura organizativa integrada? ¿Seguirán la misma tendencia hacia la desintegración? ¿Debería Apple modificar su sistema de producción y diseño de productos (sofisticado) y, en su lugar, adoptar una estructura empresarial similar a la de sus competidores más modular o sencilla (p.ej., el proceso de fabricación del sistema Android)?

El caso es que hay determinadas fuerzas que pueden hacer que una empresa integrada persista en su estructura a pesar de verse rodeada de empresas especialistas o modulares (y no me refiero necesariamente al caso estricto de Apple, que requeriría de un análisis detallado), e incluso sea esta integración vertical una de sus ventajas competitivas (Zara).

Persistencia de las empresas integradas

Por ejemplo, la necesidad de mejorar el producto en el sentido de hacerlo más sencillo o fácil de usar por el consumidor (o la miniaturización en determinados productos) son razones para la integración vertical, o la propia necesidad de nuevamente diferenciar el producto en función de las cambiantes preferencias de los consumidores en un mercado en el que se tiende a la estandarización.

Mantener esta organización integrada aprovecha las interdependencias que se dan entre las partes de la arquitectura del producto de modo que la empresa consiga ese objetivo de diseñar un producto más sencillo y fácil de usar, diferenciarlo o miniaturizarlo, de la manera más eficiente. Es decir, los costes superiores por tener una organización integrada (estructurales, logísticos, de investigación, distribución…) son compensados por la ventaja competitiva propia de este tipo de organizaciones.

Nuevas complementariedades entre empresas integradas y especialistas

Acaso sea más interesante las nuevas relaciones que pueden darse entre la empresa integrada y las especialistas de distintas etapas productivas y cómo estas pueden crear valor para ambos tipos de organizaciones. En este caso asistimos a un nuevo incremento de la complejidad del tejido productivo y del conocimiento, que trae mayores y mejores productos (véase P. Lewin o L. Lachmann), en el que se combina estructuras integradas en las que la información fluye jerárquicamente de arriba abajo, con estructuras especializadas cuyo conocimiento puede fluir en múltiples direcciones.

Así, con los servicios que puede encontrar en las empresas especializadas, la empresa verticalmente integrada puede tener acceso a un conocimiento y unas capacidades productivas que hasta ese momento no encontraba internamente. La empresa integrada, que tiene una superioridad relativa a la hora de desarrollar innovaciones sistémicas, podrá encontrar nuevas complementariedades de su conocimiento y capacidades con las de las empresas especialistas y crear valor. En la medida en que estas nuevas relaciones comerciales que crean valor compensen los costes de permanecer verticalmente integradas, estas empresas coexistirán con empresas especialistas y no tendrán por qué verse irremediablemente obligadas a desintegrarse.

Además, estos nuevos patrones extenderán el conocimiento, la división del capital y promoverán la eficiencia y las innovaciones, creando no sólo nuevos productos finales sino otros bienes de capital (que al ser indivisibles pueden crear economías de escala y alcance, con rendimientos crecientes) que, a su vez, podrán ser utilizados por las empresas y consumidores del futuro para tratar de incrementar más el bienestar…

Por otra parte, pensemos también en que no sólo las especialistas son las que prestan sus servicios (o venden sus bienes) a las integradas, también estas podrán ofrecer sus productos finales o intermedios (de alguna de las etapas de la cadena de valor que integren) a las especialistas (se desacopla la cadena de valor, se bifurca o se crea una nueva, añadiendo complejidad a la estructura de capital). En este caso, las especialistas se aprovecharán de las innovaciones de las empresas integradas y las integradas rentabilizarán determinadas áreas de su negocio y mantendrán su nivel de I+D al capturar beneficios de estas inversiones (piénsese en IBM en los años 90).

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Integración, modularidad, diseño de producto y estructura de la industria

Si algo caracteriza a los sistemas productivos y a la economía en general es su complejidad. Una de las áreas a tener en cuenta a la hora de estudiar la estructura del capital de la economía y que se compagina muy bien con la teoría austriaca del capital es la llamada aplicación de la modularidad a la economía, que ha visto un importante desarrollo en la literatura del management y la organización empresarial o el diseño de producto por autores como Langlois, Christensen, Baldwin, Simon, Henderson, etc.

La teoría de la modularidad es un conjunto de principios que trata de gestionar la complejidad. Dividiendo un sistema complejo en partes que se comunican a través de conexiones estandarizadas formando una estructura, se puede gestionar un volumen de complejidad que de otro modo sería mucho más difícil. Los módulos no se comunican de cualquier manera, cada uno tiene su orientación, pues es más o menos complementario a otros módulos, y por ello forma una estructura, es decir, no es una mera lista de elementos sin relación coherente. Es algo parecido a la estructura de capital, compuesta por bienes de capital que también tienen características de complementariedad, especificidad, imperfecta divisibilidad, etc., y que también se conectan a través, por ejemplo, del sistema de precios o la empresarialidad formando una estructuracoherente.

En el mercado habrá más o menos modularidad dependiendo de la estructura de capital existente. Puede verse el diseño de producto como un ejemplo en el que se observa esta mayor o menor composición modular según los recursos productivos sean organizados por los empresarios atendiendo a sus características.

Integración y modularidad en la arquitectura de producto (el caso de Apple)

Una empresa puede desarrollar un producto integrando toda la cadena de valor internamente; puede externalizar los servicios prestados por algún bien(es) de capital –o módulo(s)- subcontratando a especialistas, o bien puede directamente vender no sólo el producto terminado sino también algún componente del producto por separado.

En la mayor o menor integración en una empresa de la cadena de valor tiene un papel fundamental la capacidad de las empresas de mejorar sus productos en relación con la capacidad de los consumidores de absorber dichas mejoras. No en vano, no todos los consumidores tienen las mismas exigencias en cuanto al producto puesto que también la demanda es heterogénea.

Durante el proceso competitivo, las empresas tratarán de mejorar sus productos para liderar el mercado. Podría decirse que aquellas que tengan estructuras que más integran el proceso de producción tendrán una ventaja competitiva frente a las que presentan una arquitectura de producto más modular. Esto podría explicarse porque las primeras podrán aprovechar las interdependencias entre las partes del proceso productivo y así alcanzar más eficientemente (prueba y error) las mejoras deseadas: ante intento de mejora es necesario conocer la respuesta de los consumidores para al mismo tiempo modificar alguna(s) pieza(s) y/o su ensamblaje (es decir, interdependencias entre el consumidor, el ensamblaje de las piezas, las propias piezas componentes del producto, etc.).

Llega un momento en que el producto en sí cubre más que de sobra la funcionalidad o prestaciones demandadas por el consumidor. Es decir, los consumidores estarán felices de adquirir esos productos continuamente mejorados pero no estarán tan dispuestos a pagar precios cada vez mayores que cubran esos avances (por ejemplo, los televisores de alta definición, HDTV). Esto no significa que los consumidores no pagarán por cualquier mejora. Una vez ya tienen la funcionalidad deseada, sólo estarán dispuestos a pagar un precio premium por aquellos productos que cumplan exactamente lo que quieren y cuando quieran.

Es en esta fase donde las estructuras más modulares tendrán su ventaja frente a las más integradas porque serán capaces de ofrecer los productos de manera más rápida, flexible y receptiva. Las empresas más modulares podrán introducir nuevos productos más rápidamente porque podrán actualizar los componentes o subsistemas (módulos) sin necesidad de rediseñar todo el proceso de diseño o productivo. Además, dada la estructura modular, estas empresas podrán combinar los componentes del producto para ofrecer al consumidor lo que quiera exactamente. Por otra parte, al ser modulares, estas empresas soportarán no sólo menos costes generales que las más integradas sino que podrán aprovecharse y ahorrarse gran parte de las inversiones en I+D. Un ejemplo de todo esto es el de Apple (como empresa que integra gran parte de la cadena de valor) frente a empresas más modulares, como Samsung, etc., pero hay más y no sólo en mercados de alta tecnología.

Por tanto, la modularidad, una teoría aplicada a diversos campos del conocimiento y que ha encontrado un interesante desarrollo en economía, en la literatura del management y la organización empresarial, y que desarrolla en cierto modo la teoría austriaca del capital, tiene un profundo impacto en la estructura de la industria, muy útil no sólo para los consumidores que se benefician de los productos, sino para inversores, managers, empresarios, académicos, etc.

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